En los últimos dos años, la familia Solís había estado buscando expandirse al mercado internacional, y resolver la logística marítima era su máxima prioridad.
Encontrar una compañía naviera confiable era fundamental.
Si no tenían buena reputación, existía el riesgo de que la mercancía fuera robada.
Y las que sí eran confiables, cobraban precios exorbitantes.
Actualmente, la empresa más segura, honesta y con la mejor relación calidad-precio en el país era Transporte Marítimo Ortega.
El problema radicaba en que había demasiadas empresas buscando colaborar con ellos, por lo que estaban saturados de trabajo.
La familia Solís había intentado contactar a Joaquín Ortega en numerosas ocasiones, pero nunca lograron comunicarse directamente con él.
No tenían relación alguna con la familia Ortega, por lo que ni siquiera podían usar influencias privadas para abrirse una puerta.
Pero ahora, la oportunidad había tocado a su puerta por sí sola.
¡Todo el mundo sabía que Joaquín Ortega tenía una sola hija a la que había buscado durante años, y que cuando la encontró, la consintió como a una reina!
Y, por supuesto, si amaba a su hija, adoraba a su nieta con locura. Ella era la luz de sus ojos.
Si lograban ganarse el cariño de esa niña, ¿cómo no iban a poder ganarse a Joaquín Ortega?
Isabela también abogó por la señora Solís:
—La familia Solís está compuesta por empresarios serios. Tu tío Javier y tu tía Irene son buenas personas.
Isabela hablaba en favor de su amiga, pero también lo hacía pensando en el futuro de la niña.
Aunque Tesoro provenía de una familia poderosa, nunca estaba de más tener amigos en todas partes. Algún día crecería, ¡y esos contactos se convertirían en su mayor recurso!
A sus doce años, Tesoro ya entendía bastante bien cómo funcionaba el mundo. Tenía una excelente impresión de Isabela, por lo que naturalmente, también trataba bien a sus amigas.
—Cuando termine la subasta, si la tía Irene necesita ayuda, puedo llamar a mi abuelo para que hablen.
La señora Solís casi da un salto de alegría al escucharla:
—¡Sí, sí, sí! ¡Muchas gracias, Simone! ¡Estábamos tan preocupados por no poder contactar a tu abuelo!
Tesoro sonrió dulcemente.
—No es nada. Me agrada la tía Isabela, y estoy segura de que sus amigos también son buenas personas. Con gusto los ayudaré.
Conmovida, la señora Solís miró a Isabela:
—Todo esto es gracias a ti. En cuanto llegue a casa, hablaré seriamente con Javier para que les prepare un regalo espectacular.
Isabela le restó importancia:
—Yo no me merezco el crédito. Si quieres agradecer a alguien, agradécele a Simone.
La señora Solís volvió a mirar a Tesoro y suspiró:
—Dime, ¿cómo es que el señor y la señora Bello tienen tanta suerte de tener a una niña tan hermosa y obediente? Simone, cuéntale a tu tía Irene, ¿qué es lo que más deseas?
Tesoro respondió sin dudar:
—Quiero que las personas que me aman y las que yo amo sean muy felices, gocen de buena salud y prosperen mucho.
La señora Solís e Isabela no pudieron evitar soltar una carcajada: —¡Esta niña es un encanto!
Sentado a un lado, Eric la observaba en silencio con una mirada profunda y tierna.

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