—Papá no ha pegado un ojo —respondió Eric—, pero el abuelo y el abuelo Arturo se fueron a dormir de madrugada.
Isabela volvió a suspirar, cargada de preocupación.
—Ojalá tu tío se recupere pronto. Si él sana, todos podremos por fin estar en paz.
—Hablé con Tesoro —aseguró Eric—, me dijo que hay esperanza real de que mi tío se recupere.
Isabela sonrió, sintiendo un profundo alivio.
—Con que haya esperanza es suficiente. Tu padre se ha angustiado muchísimo por él a lo largo de los años. Quédate aquí vigilando un momento; iré a preparar el desayuno y cuando esté listo los llamaré a ti y a Tesoro.
Eric asintió. —De acuerdo.
Apenas Isabela se había dado la vuelta para marcharse, Benjamín apareció corriendo desde la zona de habitaciones de invitados. Al ver a su hijo, exclamó:
—¡Se han agarrado a golpes!
Eric lo miró, sorprendido. —¿Quién con quién?
—¡Creo que es el joven Ledo! ¡Vamos rápido! —urgió Benjamín.
Eric frunció el ceño con preocupación y lo siguió a toda prisa.
Padre e hijo cruzaron a zancadas un sendero bordeado de bambú hasta llegar al patio exterior. Justo a tiempo para presenciar cómo varios guardias de seguridad de élite caían al suelo con un ruido sordo.
Ledo, vestido con un conjunto deportivo muy casual, estaba de pie en el centro del grupo. Se sacudió el polvo de las manos con total indiferencia y comentó:
—El tío Benjamín gasta una fortuna en entrenarlos, pero les falta bastante nivel. ¡Espero que la próxima vez que nos veamos, al menos logren aguantarme tres asaltos!
Benjamín se quedó boquiabierto. —...¡Ledo!
El chico levantó la mirada y esbozó una sonrisa deslumbrante.
—¡Tío Benjamín! ¡Eric!
Ambos se acercaron a él con paso rápido. Benjamín preguntó, angustiado:
—¿No te lastimaron por accidente, verdad?
—Para nada —respondió Ledo con naturalidad—. Todavía les falta mucha fuerza para lograr hacerme daño.
El grupo de guardias se iba poniendo de pie poco a poco, frotándose el pecho con expresiones de profundo dolor y vergüenza.
—Disculpe, señor. No sabíamos que el joven era de los nuestros.
Benjamín los reprendió con firmeza:
—¿Ahora entienden lo que significa que siempre hay alguien mejor que ustedes? Se creen los más fuertes porque no se habían enfrentado a un verdadero maestro. ¡Pero ahora que se cruzaron con uno, lo único que pudieron hacer fue recibir una paliza!
El capitán de la guardia asintió, humillado.
—Tiene toda la razón, señor. ¡A partir de ahora multiplicaremos nuestro entrenamiento! Este joven es increíblemente habilidoso. Aceptamos la derrota con total respeto; fuimos nosotros los que no estuvimos a la altura.
Al notar la actitud humilde de los hombres, Ledo decidió suavizar sus palabras.
—Tampoco es para tanto. Son bastante fuertes en realidad. Solo perdieron porque me enfrentaron a mí. Si hubiera sido cualquier otra persona, estoy seguro de que lo habrían hecho pedazos.
Y era la pura verdad. Los hombres de la familia Enríquez no eran ningunos novatos. Incluso si Aspen o Gael hubieran estado en esa situación, no habrían salido ilesos tan fácilmente.
Lamentablemente para los guardias, ¡Ledo era un monstruo en el combate!
Benjamín se dirigió a sus hombres con voz autoritaria:
—Él es el hermano de Tesoro. La próxima vez que lo vean, déjenlo pasar sin hacer preguntas. Tiene acceso libre a cualquier zona de la residencia Enríquez.
—¡Sí, señor! —respondieron los guardias al unísono.
Benjamín estaba a punto de añadir algo más cuando, a lo lejos, un escolta se acercó corriendo. Saludó a Benjamín y a Eric, y luego le hizo una señal a Benjamín para hablarle en privado.
—Señor, ya atrapamos al responsable.
Benjamín frunció el ceño; sabía perfectamente que el guardia se refería al topo.

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