¿Qué le gusta? —insistió Benjamín con curiosidad.
Tesoro negó rápidamente con la cabeza. —Lo olvidé.
Benjamín sonrió con resignación. —...Entonces, te pido que nos ayudes a averiguarlo, ¿sí? El pequeño doctor divino ha viajado desde La Selva hasta aquí solo para tratar a Marco, lo mínimo que podemos hacer es darle un buen detalle para agradecerle.
Arturo y Alfredo asintieron de acuerdo.
—Así es, por pura cortesía debemos darle un obsequio que esté a la altura —comentó Alfredo.
—Para agradecerle no hace falta darle un regalo material —explicó Tesoro con sinceridad—. También pueden devolverle el favor más adelante. Si algún día necesita ayuda, solo recuerden lo que hizo hoy y no le pongan trabas, apóyenlo.
Alfredo respondió de inmediato y con firmeza:
—Él es el benefactor de la familia Enríquez, por supuesto que jamás le pondremos trabas. Si necesita algo, que lo pida, y la familia hará todo lo que esté en sus manos para apoyarlo.
Tesoro esbozó una sonrisa dulce. —Con eso es más que suficiente.
Isabela le sirvió un poco más de comida en el plato a Tesoro y le dijo con tono maternal:
—Aquí todos somos familia, no hay necesidad de tanta formalidad. Comamos mientras platicamos.
—Tiene toda la razón, mi esposa —coincidió Benjamín—. Platiquemos mientras desayunamos. Ledo, Tesoro, siéntanse libres de comer todo lo que gusten.
Ambos hermanos asintieron al unísono. —Sí, gracias.
De pronto, Isabela preguntó: —Tesoro, ¿tienes planes de salir hoy?
—¿Ocurre algo? —preguntó ella, curiosa.
Isabela le sonrió de manera cómplice.
—La Primera Dama me llamó esta mañana muy temprano. Tiene muchas ganas de conocerte.
Ledo intervino, interesado: —¿Quién es la Primera Dama?
—Es la mujer con mayor prestigio y poder en toda la alta sociedad de Leona —le explicó Isabela—. Podrían compararla con la señora de la familia más importante de Puerto Rafe.
—¿Y ella conoce a Tesoro? —volvió a preguntar Ledo.
Isabela negó con la cabeza suavemente.
—No, no personalmente. Pero ayer Tesoro se presentó con su nombre completo durante la subasta, así que la Primera Dama ya sabe de qué familia proviene.
—Si ni siquiera se conocen, ¿para qué quiere reunirse con ella? —cuestionó Ledo, un poco protector.
—Le causó una muy buena impresión y le tiene mucha estima —le tranquilizó Isabela—. No se preocupen, conozco bien a la Primera Dama; es una mujer intachable y jamás le haría daño a Tesoro.
»Lo veo de esta manera: aunque la familia Bello tiene muchísimo dinero e influencia, su padre es el hombre más poderoso, y su abuelo domina Ciudad Pacífico... las buenas relaciones nunca sobran.
»Ustedes son muy jóvenes aún y tal vez no lo vean así, pero lo entenderán cuando sean mayores.
»Cuando se presenta la oportunidad de conectar con figuras de tanto peso, hay que aprovecharla. A largo plazo, eso les abrirá puertas en el futuro.
Benjamín asintió, apoyando por completo a su esposa.
—Isabela tiene toda la razón. El mundo de los negocios y el poder es muy complejo. Si el día de mañana quieren llegar a lo más alto sin tropezar, necesitarán acumular la mayor cantidad de contactos posibles.
»Un viejo dicho dice: "Con los amigos correctos, cualquier puerta se abre", y es una verdad absoluta.
»Si empiezan a forjar estas alianzas desde ahora, estarán asegurando su propio imperio para el futuro.
Ledo y Tesoro asintieron al mismo tiempo. Ese concepto lo entendían a la perfección.
Su hermano mayor, Laín, ya se los había enseñado en repetidas ocasiones.
Sin embargo...
Dada la situación actual, definitivamente no era prudente que Tesoro saliera de la residencia. Después de todo, allá afuera estaba Lázaro Rojas al acecho.
Isabela no estaba al tanto del problema con Lázaro, pero notó la incomodidad en los rostros de los niños.

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