—¿Qué estás haciendo? —preguntó Lázaro.
Jade aún estaba arrodillada en el santuario ancestral. Hizo una pausa al escuchar la voz.
—¿Tú... quién eres?
—Soy Lázaro Rojas —respondió él.
Jade se sorprendió.
—¿Por qué tu voz suena diferente?
Antes, él hablaba con la voz de un hombre joven. Ahora sonaba indudablemente como un anciano.
—Antes usaba un distorsionador de voz. Esta es mi voz real.
—... ¿Eres un anciano?
—Así es. Tengo entre setenta y ochenta años.
Jade se quedó de piedra.
—Tú...
Jamás imaginó que la persona que la había estado ayudando desde las sombras fuera un anciano. Él tenía casi ochenta años, ella apenas veintitrés. ¿Qué demonios quería de ella?
—¿Acaso somos parientes?
Lázaro soltó una risita suave.
—No. No compartimos lazos de sangre.
—Entonces, ¿qué...?
El tono de Lázaro fue comprensivo y cálido.
—Sé que tienes muchas dudas, pero no te impacientes. Muy pronto conocerás todas las respuestas. Te llamo hoy para avisarte que tendré que ausentarme de Leona por un tiempo. Es muy probable que haya momentos en los que no podamos comunicarnos. Te dejaré el contacto de alguien de mi entera confianza. Si necesitas cualquier cosa, búscalo a él. Ya lo dejé todo arreglado para que te asista en lo que sea.
—¿Quién es él? —preguntó Jade.
—Uno de mis hombres.
—¿Qué es exactamente lo que buscas conmigo? —insistió ella.
—Paciencia, todo a su tiempo —respondió él con suavidad.
Jade se sentía profundamente intranquila.
—Me has estado ayudando todo este tiempo, pero jamás me has pedido nada a cambio. ¿Qué ganas con todo esto?
Desde que este hombre la contactó, no había hecho más que mover hilos a su favor. ¡Ni una sola vez le exigió que hiciera algo por él! Incluso la idea de casarse y aliarse con la Familia Enríquez fue pensada exclusivamente para su beneficio. Ella anhelaba consolidar su posición en Leona, destacar entre las mujeres de la alta sociedad y alcanzar un estatus superior, o al menos igual, al de la Primera Dama.
Fue Lázaro quien le advirtió que en Leona los puestos de poder estaban contados y sumamente vigilados. Intentar entrar a la fuerza era imposible, y mucho menos llegar a la cima de un salto. Le sugirió empezar por la Familia Enríquez, subir un escalón a la vez, paso a paso.

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