—Si no fuera por eso, ¡yo misma le habría insistido a Mónica para que se divorciara! He visto cómo la trata la Familia Lugo; ¡lo único que quieren es cambiarla por otra mujer!
La Primera Dama soltó un suspiro de frustración.
—Pero siendo sincera, tampoco puedo culpar del todo a los Lugo. Si yo me pusiera en su lugar, si mi nuera no pudiera dar a luz después de siete u ocho años, yo también estaría desesperada. ¡En los momentos de ira, también pensaría en buscarle un reemplazo a mi hijo! Al fin y al cabo, somos familias con un gran legado, ¡la sangre debe continuar!
Isabela la escuchaba con atención y preguntó:
—¿Están seguros de que el problema no es del esposo de Mónica?
—Completamente —aseguró la Primera Dama—. La última vez que vinieron a Leona, mi esposo y yo lo llevamos personalmente a hacerse estudios. Su salud es perfecta.
—¿Entonces el problema lo tiene Mónica?
—Ese es el misterio —respondió la Primera Dama, cada vez más angustiada—. A ella también la examinaron y no encontraron nada malo. Simplemente... no logra quedar embarazada.
Isabela dudó un momento antes de hacer la siguiente pregunta.
—Y su vida íntima de pareja... ¿es normal?
—Le pregunté directamente a Mónica y me dijo que sí, todo es normal.
—... Eso sí que es muy extraño.
—Por eso vine a buscarte hoy —explicó la Primera Dama—. Quiero pedirle al pequeño doctor divino que la revise. Te confieso que estoy muy molesta con la Familia Lugo, pero tampoco deseo que Mónica se divorcie. E incluso si llegaran a separarse y ella quisiera rehacer su vida con otro hombre, primero tenemos que curar este problema.
Isabela asintió, comprendiendo perfectamente la situación.
—Simone y el pequeño doctor divino siguen atendiendo a Marco. Espere aquí un momento, iré a buscar a Simone para explicarle la situación.
—Por favor, dile a Simone que si tienen alguna condición, que la pidan sin dudar. Mientras esté dentro de las posibilidades de la Familia Mota, se los concederemos sin pensarlo —prometió la Primera Dama.
Isabela asintió.
—Entendido.
Se levantó y caminó hacia la habitación de Marco para buscar a Tesoro.
Ledo y Arturo estaban haciendo guardia afuera de la puerta. Al verla acercarse, Ledo la saludó respetuosamente.
—Tía Isabela.
Isabela sonrió con dulzura.
—¿Simone sigue adentro?
Apenas Ledo asintió, la puerta de la habitación se abrió. Tesoro salió y se dirigió a Arturo.
—Abuelo Arturo, el Tío Marco ya despertó.
Arturo se puso de pie de un salto y entró rápidamente a la habitación, seguido por Isabela y Ledo.
Marco estaba sentado en el borde de la cama, mirando fijamente a Mateo del Pozo con una expresión perdida.
Mateo, que llevaba puesto un cubrebocas, se giró hacia Arturo y le indicó:
—Ya pueden prepararle algo de comer. Preferiblemente algo ligero.
Arturo ordenó de inmediato a los sirvientes que prepararan los alimentos. Luego se acercó apresuradamente a Marco, con los ojos llenos de preocupación.
—Marco, ¿cómo te sientes?
—Papá... tengo hambre —murmuró Marco.
—Ya pedí que preparen la comida, hijo. No tardan.
—...
Aprovechando que estaban ocupados, Isabela tomó a Tesoro de la mano y la llevó afuera para explicarle en voz baja el motivo de la visita de la Primera Dama.
Tras detallar la situación, Isabela añadió:
—La Primera Dama tiene mucho poder en Leona y, además, es una buena amiga mía. No me sentía cómoda rechazándola directamente, por eso preferí venir a consultarte primero. Si crees que es posible, ¿podrías preguntarle al pequeño doctor divino si puede ayudarnos? Si crees que no se puede, yo misma iré a rechazar su petición. Tú no eres de Leona, así que no tienes que preocuparte por ofenderla.
Tesoro asintió con naturalidad.
—No hay problema, podemos revisarla. ¿Ya llegó la paciente?

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