Al notar que el hombre dudaba y no terminaba de hablar, Eric preguntó:
—¿Ocurre algo?
—No, nada importante —respondió el hombre rápidamente.
Sin embargo, Mateo no pudo contenerse.
—¿Por qué no viajan en los autos de nuestra familia? Son muchísimo más seguros.
Los tíos lo respaldaron de inmediato. —Así es, los vehículos de la Familia del Pozo están blindados y preparados para todo.
Eric, manteniendo su postura firme, explicó: —Él está en ese auto. Durante el trayecto, necesita discutir algunos asuntos importantes con la Señorita Bello.
Mateo sabía perfectamente que Eric se refería a Lázaro Rojas y frunció el ceño con resignación.
—Entendido.
Dada la pésima relación entre la Familia Dorado y la Familia del Pozo, era obvio que Lázaro se negaría en rotundo a poner un pie en uno de sus autos.
Mateo moría de ganas de subirse también al auto donde iría Tesoro, pero no se atrevió a decirlo frente a sus familiares.
¡Si abría la boca, sus tíos se lo comerían vivo con la mirada!
—Bueno, cualquier cosa nos llamamos. Estaremos al pendiente del teléfono —dijo Mateo.
Tesoro intervino: —¿No íbamos a ir a comer primero?
Mateo se dio una palmada en la frente. —¡Cierto, casi lo olvido! Pararemos a comer algo. Aún falta bastante para llegar a La Selva, y si no cenas ahora, te dará hambre a medio camino.
—Entonces, andando —sonrió Tesoro.
Los hombres de la Familia del Pozo asintieron con entusiasmo. —¡Vamos, vamos!
Tesoro, Ledo y Eric caminaron juntos hacia el vehículo donde Lázaro ya los esperaba. Mateo y sus tíos los observaron subir antes de dar media vuelta hacia sus propios autos.
Mientras caminaban, uno de los tíos no aguantó la curiosidad.
—Oye, Mateo, ¿por qué la niña de la Familia Bello no quiso viajar contigo? No me digas que ya la hiciste enojar.
—¡Claro que no! —se defendió Mateo—. ¿Cómo me atrevería a hacerla enojar?
El tío lo miró con escepticismo. —¿Entonces por qué no quiso ir contigo?
Aunque por dentro Mateo sentía unos celos terribles, intentó sonar lo más casual posible.
—Porque tiene asuntos importantes que atender.
—¿Qué tipo de asuntos? —insistió otro tío.
—Forte va en ese auto. Ella tiene que hablar con él —reveló Mateo.
El hombre se frenó en seco, con los ojos abiertos como platos. —¡¿Quién?!
—Forte de la familia Dorado —repitió Mateo.
Los tíos se miraron entre sí, completamente estupefactos, con expresiones que iban de la sorpresa al terror.
—¿De dónde diablos conoce esa niña a Forte? ¿Acaso es cercana a la Familia Dorado?
Mateo se apresuró a desmentirlo.
—¡Para nada! Ella nunca ha tenido contacto con los Dorado. Fue Forte quien la buscó por su cuenta. De hecho, se conocieron hace un par de días, y hoy es la primera vez que hablan en persona.
Los hombres soltaron un suspiro colectivo de alivio.

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