Ledo volteó y vio detrás de él a un hombre mayor, de unos sesenta años.
Tenía el cabello completamente blanco, era de complexión delgada y en ese momento lo miraba con una expresión amable y casi paternal.
No llevaba ni siquiera un cubrebocas; estaba parado allí, a plena luz del día, dejando claro que no tenía ninguna intención de ocultar su identidad.
Los hombres de negro que aún no habían perdido el conocimiento en el suelo, al verlo, se apresuraron a levantarse a duras penas, haciendo reverencias pronunciadas.
Murmuraron algo que Ledo no alcanzó a entender, pero sí escuchó claramente cuando el anciano los miró con asco y escupió:
—¡Bola de inútiles!
Los heridos mantuvieron la cabeza baja, sin atreverse siquiera a respirar fuerte.
Cano y Pink se movieron ligeramente bajo la manga de Ledo, quien entendió de inmediato el mensaje.
Este anciano no era un sujeto común y corriente; había logrado captar la atención de sus pequeños compañeros, quienes le estaban advirtiendo que tuviera mucho cuidado.
Ledo entrecerró los ojos y lo miró fijamente antes de preguntar:
—¿Quién eres tú?
El anciano sonrió cortésmente.
—Soy miembro de la Familia Dorado de La Selva. Me enteré de que teníamos invitados distinguidos en camino y vine especialmente para darles la bienvenida. Quisiera invitar a nuestro honorable invitado a tomar una taza de té a la residencia Dorado.
—No conocemos a nadie de la Familia Dorado —replicó Ledo—. ¿Para qué nos buscan?
El anciano mantuvo su sonrisa impecable.
—Curiosidad. Simplemente queremos presentarnos.
Ledo apretó los labios.
—Entonces, ¿ya sabes quiénes somos?
—No los conocía antes, pero ¿acaso no nos estamos conociendo justo ahora? Dime, muchacho, ¿cuál es tu nombre?
Ledo no respondió a la pregunta, sino que lanzó otra:
—¿Y qué pasa si nosotros no queremos conocer a los miembros de la Familia Dorado?
—¿Por qué no querrían hacerlo? Puedes preguntar por ahí sobre la influencia que tenemos en La Selva. Con la protección de la Familia Dorado, podrían caminar por estas tierras como dueños absolutos.
—No soy un cangrejo, ¿por qué querría caminar de lado creyéndome el dueño de todo? —ironizó Ledo—. Además, incluso sin su familia, nadie puede impedirme hacer lo que yo quiera.
La sonrisa del anciano se volvió un poco más gélida.
—¿De dónde sacas tanta arrogancia? ¿Solo porque puedes suprimir los vínculos de estos incompetentes? Jaja, muchacho, eres demasiado joven e ingenuo. Siempre habrá alguien más fuerte allá afuera. Aquí en La Selva, hay personas a las que no podrás suprimir.
—¿Y tú eres una de esas personas? —preguntó Ledo.
Ese anciano estaba demostrando demasiada calma frente a él. Si sus criaturas hubieran sido suprimidas por Cano y Pink, definitivamente no estaría tan relajado.
El anciano evadió la pregunta y continuó con su monólogo:
—Nuestra Familia Dorado no tiene malas intenciones. Solo queríamos invitar a nuestros distinguidos visitantes a charlar un rato a nuestra casa. Hace un momento hubo un pequeño malentendido, todo por culpa de nuestros hombres, y en nombre de la Familia Dorado te ofrezco una disculpa, muchacho.
—Digamos que empezamos con el pie izquierdo. No le des más importancia a estos idiotas. Trae a la jovencita que viene contigo y acompáñame.
Ledo se plantó firme.
—¿Y si me niego?
—Ya me disculpé, ¿acaso no es suficiente? —insistió el viejo.
—Tu disculpa no me importa en lo absoluto. ¡Simplemente no quiero tener nada que ver con ustedes, los Dorado!

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