Ledo preguntó: —¿Y tú no tienes sueño?
Eric respondió: —Estoy bien, pude dormir un rato en el avión.
Volviéndose hacia Tesoro, añadió: —Y tú también deberías dormir si tienes sueño.
Tesoro asintió con entusiasmo.
—¡Sí, sí! Pero tú también descansa un ratito, Eric. No te preocupes, él no nos hará daño, te lo aseguro.
Al escuchar sus palabras, Lázaro cambió de expresión y levantó la mirada hacia Tesoro.
Hacía muchos años, Aura Dorado le había dicho exactamente lo mismo a los suyos.
Aquel año, cuando lo encontraron, la Familia Dorado se oponía rotundamente a acogerlo, pero Aura intercedió por él.
Ella les dijo: "¡No nos hará daño, se los aseguro!".
Sus palabras, así como su expresión y su tono de voz de aquel entonces, eran idénticas a las de Tesoro ahora.
Lázaro se quedó mirando a la niña con intensidad y luego esbozó una suave sonrisa.
Tesoro, Eric y Ledo se giraron a verlo, desconcertados.
Tesoro frunció el ceño. —¿De qué te ríes? ¿Dije algo malo?
Lázaro respondió suavemente: —Me recordaste algo muy hermoso.
A Tesoro le picó la curiosidad. —¿Qué cosa?
Lázaro se limitó a sonreír, pero no le explicó.
—Descansen todos. Pueden estar tranquilos, de ninguna manera les haré daño.
Al terminar de hablar, Lázaro cerró los ojos. Sus labios aún mantenían esa sonrisa y parecía estar de un humor excelente.
Tesoro y Ledo intercambiaron una mirada, preguntándose qué le habría dado tanta alegría de repente.
Decidieron ignorarlo, y Tesoro le susurró a Eric:
—Eric, ¿cómo se apaga la luz de aquí adentro?
Eric extendió la mano y la apagó. —Descansen ustedes también.
Tesoro asintió, dio un bostezo y cerró los ojitos.
Mientras tanto, Eric tocaba el anillo en su bolsillo, sintiendo un calor muy especial en el corazón...
El resto del camino transcurrió sin contratiempos.
Cuando apenas clareaba el día, el vehículo se detuvo con suavidad a un par de kilómetros de La Selva.
La gente del lugar había establecido un retén en ese punto, inspeccionando rigurosamente cada auto que entraba o salía e interrogando con sumo cuidado a todos los pasajeros.
Antes de que Tesoro pudiera abrir los ojos, ya escuchaba los golpecitos en la ventanilla y la potente voz de Mateo del Pozo que la llamaba.
—¡Simone Bello! ¡Llegamos, Simone...!
Acababa de despertar y parecía no cansarse de gritar su nombre una y otra vez.
De repente, el Abuelo del Pozo le dio un buen coscorrón y lo regañó:
—¡Acaso estás loco, muchacho! ¿Cómo vas a gritarle así? ¿No puedes ser un poco más delicado?
Mateo se justificó: —Tenía miedo de que no me escuchara.
Mientras abuelo y nieto discutían junto al auto, Eric fue el primero en abrir la puerta y bajar.
Mateo se lo presentó de inmediato a su abuelo.
—Abuelo, él es Eric, el heredero de la Familia Enríquez. Eric, él es mi abuelo Anselmo.
Don Anselmo entrecerró los ojos para observar a Eric de pies a cabeza, y un destello extraño cruzó por su mirada.
Eric también lo observó con rapidez, sin perder detalle del cambio en la expresión del anciano.
¿Por qué el patriarca de la Familia del Pozo lo miraba con hostilidad?

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