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¡Sorpresa! Tuve Cuatrillizos con Mi Desconocido Esposo romance Capítulo 3758

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Eric lo miró desconcertado: —¿Qué?

No entendió a qué se refería, pero antes de que pudiera hacer alguna pregunta, Ledo ya estaba mirando hacia la ventanilla del vehículo y exclamó:

—¿Podrá el abuelo del Pozo con esa gente?

Tesoro y Mateo también miraban al exterior a través del cristal. Tesoro comentó:

—Por sus caras, me parece que la cosa está difícil. ¿De qué estarán hablando?

Eric dirigió su mirada hacia la ventana.

—Dicen que las reglas se hicieron para cumplirse, y que, sin la autorización del Señor de la Selva, ningún forastero puede cruzar los límites del pueblo.

Tesoro se asombró. —¿Acaso puedes oír desde tan lejos?

Eric sonrió. —Sé un poco de lectura de labios.

Tesoro lo miró con admiración. —¡Vaya, qué listo eres!

Eric contestó con modestia: —... Lo aprendí en la fuerza militar. Es una clase obligatoria para nuestro escuadrón, todos lo sabemos hacer.

Los ojos de Tesoro brillaban de devoción:

—¡Digno de las fuerzas especiales, increíble! Y a ver, ¿qué están diciendo ahora?

Eric volvió a fijar la vista en el exterior y tradujo lo que veía:

—El guardia dice: "Somos muy justos y tratamos a todos por igual, no hay excepciones para nadie...".

En la entrada principal, Pablo Palma, con una mirada entrecerrada y una actitud de superioridad insufrible, continuaba:

—... Aunque lo respeto mucho a usted, Don Anselmo, no puedo hacer la vista gorda. Estas reglas las dictaron nuestros antepasados, no yo.

—Como dice el refrán: "Cada cual en su oficio". Mi deber es proteger las puertas de La Selva, no puedo dejarme llevar por favoritismos y dejarlos pasar.

Los miembros de la Familia del Pozo estaban furiosos:

—¡Lo que haces es aprovecharte de tu puesto para causarnos problemas!

Pablo los miró de reojo y les contestó:

—A ver, a ver, no me hablen así, que yo no les estoy causando ningún problema. La regla de nuestros ancestros es clarísima: los forasteros no pueden entrar a La Selva como Pedro por su casa.

—Todo visitante debe registrarse, y si no cuenta con el permiso del Señor de la Selva, no se le permite la entrada. Esto es por la seguridad de todos los habitantes.

—Si cualquiera pudiera entrar y salir a su antojo, ¿para qué estaríamos nosotros aquí? ¡Podrían disolver la guardia entera!

—De las tres personas que me mencionaron, si llegaran a entrar y le causaran algún daño a la gente de La Selva, ¿quién asumiría la culpa?

—Si provocaran un daño irreparable, ¿quién pagaría los platos rotos?

Anselmo intervino con voz helada: —Nosotros, la Familia del Pozo, nos hacemos responsables.

Pablo torció el gesto, mirándolo con desdén.

—¿Y de qué forma se harían responsables? ¿Acaso usted, Don Anselmo, no sabe en qué situación se encuentra la Familia del Pozo?

—Ya sé que un león muerto sigue imponiendo respeto, pero la verdad es que su familia va de mal en peor. Para serle sincero, con lo poco que les queda, ni siquiera me molesto en tomarlos en cuenta.

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