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¡Sorpresa! Tuve Cuatrillizos con Mi Desconocido Esposo romance Capítulo 3763

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—Si no quiere contestar, ¿hablo yo por usted? —le preguntó su hombre de confianza.

Pablo asintió y le pasó el teléfono. —Diga —respondió el subordinado.

La voz al otro lado de la línea desbordaba furia. —¿Dónde diablos está Pablo? ¡¿Cómo se atrevieron a dejar entrar a los del Pozo?! ¡Habíamos llegado a un acuerdo!

—Tuvimos una emergencia inesperada —trató de explicar el hombre.

—¿Qué clase de emergencia? —exigió el otro.

—El jefe Pablo colapsó de repente y dejó de respirar. No había tiempo de llegar al hospital. El único con los conocimientos para salvarlo era Anselmo del Pozo, y usó la vida del jefe para chantajearnos.

El hombre al otro lado apretó los dientes. —¡Malditos oportunistas! ¡Negociando con la vida de un hombre! ¿Esa es su famosa caridad y rectitud? ¡Hipócritas!

El subordinado se quedó en silencio.

—¿Fue obra de Anselmo del Pozo? —insistió el hombre de la Familia Dorado.

—Cuando el jefe colapsó, ellos estaban en un pabellón fuera de la ciudad. Estaban muy lejos, es casi imposible que hayan sido ellos.

—¿Ah, sí? ¡¿Entonces qué, fue un castigo divino?! —El hombre exhaló un suspiro de profunda molestia—. Escúchame bien: no se rindan. Sigan buscándoles problemas. ¡Tienen que echarlos de La Selva lo antes posible! Si queremos acabar con ellos, ¡no podemos permitir que traigan aliados de afuera!

La llamada terminó de golpe.

El subordinado miró a Pablo y le devolvió el teléfono en silencio.

El Gran Maestro del Vínculo, ofendido por el tono del hombre, comentó: —Últimamente la Familia Dorado nos trata con la punta del pie. La Familia Palma no es su servidumbre.

El subordinado murmuró, dándole la razón: —Totalmente de acuerdo. Cada vez que llaman, nos hablan como si fuéramos sus peones.

Pablo, aún con el ceño fruncido, gruñó:

—Se están creyendo los dueños del mundo. ¡Si me colman la paciencia, haré que mi hermana cancele su compromiso con ellos! ¡A ver si siguen tan arrogantes!

Mientras tanto, en la residencia de la Familia Dorado, el hombre que acababa de colgar el teléfono soltó un insulto al aire.

—¡Son un atajo de inútiles! ¡No sé cómo crían a la gente en la Familia Palma, pero son una vergüenza! ¡Qué desperdicio de oportunidad!

Uno de sus secuaces intervino:

—Sí, qué lástima. Desperdiciaron nuestra mejor jugada. ¿Qué hacemos ahora? Esos forasteros ya entraron a la ciudad.

—¿Qué no los dejen en paz! —bramó el hombre—. Hoy quiero que averigüen absolutamente todo sobre esos forasteros. ¡En cuanto tengan la oportunidad, los aniquilan!

—¿Los matamos o los echamos de La Selva? —preguntó el secuaz, dubitativo.

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