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¡Sorpresa! Tuve Cuatrillizos con Mi Desconocido Esposo romance Capítulo 3780

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—Don Anselmo, respecto al asunto de la señorita Bello y Forte Dorado...

Anselmo lo interrumpió de inmediato.

—No intervengan. Si Tesoro quiere ir a buscar a Forte, déjenla. Es su decisión y, muy probablemente, también es su misión. Podemos brindarle todo el apoyo que necesite, pero no vamos a estorbarle.

El mayordomo del Pozo asintió.

—Entendido.

Cuando el mayordomo se retiró, Anselmo se quedó a solas en su estudio. Se sentó frente a su escritorio, se sumió en un profundo silencio y, finalmente, tomó una pluma y comenzó a escribir en un pequeño trozo de papel:

"Este mensaje es mi palabra: la familia del Pozo ha recibido a una invitada de honor, Simone Bello..."

Escribió cada letra con suma precisión. Al terminar, dejó la pluma, dobló el papel con cuidado y se acercó a la ventana. Abrió una pequeña jaula, ató el mensaje a la pata de una paloma mensajera y la soltó al aire.

—Ve con cuidado. Trae noticias pronto —murmuró Anselmo.

La paloma agitó las alas un par de veces y desapareció en la inmensidad del cielo.

Anselmo se quedó mirando el horizonte, hablando consigo mismo.

—Pase lo que pase, ¡no permitiré que a la pequeña Bello le toquen un solo cabello mientras esté en La Selva!

...

Mientras tanto, en la residencia de la familia Palma.

Cristina Palma estaba de pie junto a la cama, observando en silencio a Pablo Palma.

Sus padres también estaban allí. Magdalena Palma lloraba desconsolada, sufriendo por el estado en que había quedado su amado hijo.

Patricio Palma, con el rostro ensombrecido y el ceño fruncido, hervía de furia.

Pablo, recostado y adolorido, acababa de relatar con lujo de detalles lo que le había sucedido esa misma tarde en las puertas de la ciudad.

Cuando terminó de hablar, Magdalena se giró hacia su esposo, fulminándolo con la mirada.

—¡Ni siquiera hay que pensarlo dos veces! ¡Te apuesto lo que quieras a que fueron esos desgraciados de la familia del Pozo! ¡Tienes que vengar a nuestro hijo! ¡No lo puedes dejar así! —sollozó Magdalena.

Patricio apretó los puños.

—Es casi un hecho que fueron ellos, pero... ¿no encontraron ninguna pista en el lugar del incidente?

—Nuestra gente estuvo allí en todo momento, vigilando —aseguró Pablo, todavía débil—. En cambio, ellos se quedaron en ese pabellón, lejos de nosotros. Sinceramente, no tengo idea de qué clase de truco usaron para atacarme desde la distancia. Fue espeluznante.

—Entonces, ¿cabe la más mínima posibilidad de que no hayan sido ellos? —indagó su padre.

—Esa posibilidad es casi nula —insistió Pablo—. Primero: mi salud siempre ha sido impecable. Es imposible que me haya desmayado de la nada si alguien no me hubiera atacado.

—Segundo: la forma en la que se dieron las cosas fue ridículamente precisa. Era como si yo fuera el dueño de una cocina y los de la familia del Pozo estuvieran muriéndose de hambre, rogándome por un simple plato de comida... ¡y yo me negaba a dárselos por puro gusto!

—¡Y justo cuando ellos estaban a punto de colapsar, como por arte de magia, la comida cayó del cielo directo en sus manos!

—Yo no creo en los milagros caídos del cielo. ¡Estoy seguro de que alguien movió los hilos desde las sombras!

Magdalena Palma levantó la voz, colérica.

—¡Por supuesto que no existe tal cosa como dinero cayendo de los árboles! ¡Esto fue un ataque premeditado! No sé qué clase de brujería usaron esos miserables para herirte desde lejos, pero lo hicieron.

—¡Cómo lo hicieron ya no importa! ¡Aquí lo que importa es la venganza! Y tú, marido mío, ¿te vas a quedar ahí cruzado de brazos sin decir nada? ¡Dime de una vez cómo les vamos a hacer pagar por esto!

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