Contestó el teléfono:
—Habla.
Del otro lado de la línea, la voz inquirió respetuosamente:
—Joven, la situación con Dania se ha salido de control. Eric Enríquez y sus hombres se metieron al pasadizo secreto para perseguirla. ¿Le damos luz verde para emboscarlos y matarlos allí dentro?
Nilo frunció el ceño con disgusto.
—¡No se atrevan!
El hombre dudó.
—Pero el trato que él tiene con nuestra familia...
Nilo lo interrumpió, tajante:
—¡Lo que él piense o haga con su Familia Dorado a mí me tiene sin cuidado! ¡Si dije que no, es que no! Si van a seguir mis órdenes, ¡háganlo tal y como se los ordeno!
El interlocutor guardó un tenso silencio antes de responder:
—... Entendido, no los tocaremos. El Vínculo Umbrío de Aura no ha hecho su aparición y todos están muertos de miedo... Deberíamos usar el pretexto de que el actual Patriarca es un incompetente, y forzarlos a que padre e hijo tomen el mando total. ¡Tarde o temprano, esa familia terminará por colapsar!
—Esa criatura de Aura es demasiado peligrosa. Hasta este punto, nadie puede predecir el daño catastrófico que sufrirá la familia; podría ser la destrucción total de los Dorado...
Nilo lo cortó de nuevo.
—La familia no será exterminada. No te preocupes por eso.
El hombre, aliviado pero dudoso, preguntó rápidamente:
—¿Puede confirmarlo con certeza?
Nilo fue parco:
—Sí.
El hombre presionó de nuevo:
—¿Pero qué hay de nuestra posición en La Selva? ¿Podremos mantenerla?
Nilo arrugó la nariz.
—A cada quien lo suyo. Después de todas las bajezas que han cometido a escondidas, era inevitable que cayeran en desgracia. ¡Mantener su posición actual es un sueño guajiro!
La voz del otro lado destilaba angustia:
—Si perdemos el estatus, ¿qué diferencia hace eso a que nos eliminen por completo?
Nilo razonó fríamente:
—Un león viejo, por más flaco que esté, sigue imponiendo más que un perro. Perder el estatus no equivale a ser borrados de la faz de la tierra. Mientras haya vida, hay esperanza. Más adelante ya habrá tiempo para reorganizarse.
Una ráfaga helada de viento lo azotó de repente, y Nilo rompió en un severo acceso de tos.
El hombre del teléfono se alarmó.
—¿Se encuentra bien? ¿Acaso está usted allá afuera en este momento?
Nilo tosió un buen rato antes de poder contestar, su voz sonando ronca.
—Estoy bien. Ustedes encárguense de lo suyo y ¡no se metan en mis asuntos!
Dicho esto con una frialdad gélida, cortó la llamada.
Al instante, le llegó un mensaje de texto de ese mismo número:
[No queríamos molestarle, pero la situación no nos deja opción. ¡La familia Dorado ha sido una total decepción! Con que no nos exterminen nos daremos por bien servidos, y el nivel al que terminemos rebajados dependerá de nuestro destino. Ya no es necesario que usted se preocupe por esto.]
Nilo leyó con el ceño fruncido y no se molestó en responder.
Pronto llegó un segundo mensaje:
[Cuide de su salud, Joven. Esta noche la temperatura caerá en picada. Si no es de urgencia, le suplicamos que no salga y descanse dentro de la casa.]
Sin pronunciar palabra, Nilo borró los mensajes y guardó el celular.
Acto seguido, volvió a encender el radio y se dirigió directamente a Eric:
—¿Cuál es su estatus? ¿Encontraron algo?
Eric contestó desde el fondo del túnel:
—Nada, por el momento.
Nilo le advirtió:
—Los túneles de los Dorado siempre están plagados de trampas, caminen con cuidado.
Eric se extrañó por la nitidez de su voz.

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