Aspen caminó directamente hacia la cama, arrastró una silla para sentarse y habló lentamente:
—Hablemos.
Lázaro Rojas frunció el ceño y Aspen continuó:
—Si no quieres hablar, entonces incineraré a Aura Dorado y esparciré sus cenizas ahora mismo.
Lázaro Rojas se sobresaltó, abrió los ojos de par en par al instante y volteó a mirar a Aspen.
Con la respiración estable y una expresión serena, Aspen le había dicho, con el tono más casual, las palabras que más podrían apuñalarle el corazón.
Lázaro Rojas lo miró fijamente y preguntó: —¿Qué dijiste?
La expresión de Aspen seguía siendo imperturbable y repitió lentamente:
—Dije que, si no quieres hablar, entonces incineraré a Aura Dorado y esparciré sus cenizas ahora mismo.
Lázaro Rojas se alteró: —¡No te atreverías!
Aspen frunció los labios con una mirada de desdén.
—Sí me atrevo, ¿y tú qué vas a hacer al respecto? No estás loco, deberías tener claro en qué situación te encuentras.
Lázaro Rojas respiraba con dificultad. —¡Si te atreves a hacer eso, eres peor que una bestia!
Aspen bufó con desprecio, sin importarle en lo absoluto.
Lázaro Rojas jadeó: —¡Los muertos merecen respeto! ¡Mutilar un cadáver es un delito!
Aspen lo miró con desdén.
—Es solo un cadáver. Puedo usar los canales legales para cremarla y luego esparciré sus cenizas al viento para que nunca sepas dónde terminó. Y cuando mueras, ni sueñes con volver a reunirte con ella.
Lázaro Rojas apretó los dientes.
—¡Todos dicen que eres un hombre cruel, despiadado y siniestro, y hoy por fin lo he comprobado con mis propios ojos!
Aspen no se molestó, sino que entrecerró los ojos y dijo:
—¿Así que sabes que soy cruel y despiadado? Entonces las cosas serán mucho más fáciles.
—Te lo advierto, yo no soy como Carol o Tesoro, no me importan tus sentimientos. Solo me importan mis objetivos.
—Si no me satisfaces, ten por seguro que te haré sufrir mucho. Soy un experto en torturar a la gente.
—De ti depende si elijo un cementerio hermoso para enterrar a Aura Dorado o si la arrojo a una alcantarilla apestosa.
Lázaro Rojas respiró hondo. —¡Esto no es un trato! ¡Me estás obligando!
Aspen se recostó en la silla, cruzó sus largas piernas y asumió la actitud de un hombre con el control absoluto.
—Mientras tenga a Aura Dorado en mis manos, tendré la ventaja para obligarte.
—Pero justo ahora no te estoy obligando, te estoy dando la oportunidad de elegir.
—Ya te di la oportunidad, si no quieres aprovecharla, podemos dejar esta charla.
—Es verdad que me interesa saber la verdad que escondes, pero esos secretos no amenazan mi vida ni la de mis seres queridos. Así que, aunque quisiera saberlo, también puedo vivir sin ello.
Lázaro Rojas se quedó mudo. —...
Aspen añadió:
—En pocas palabras, la situación entre nosotros es esta: yo tengo el control de lo que más valoras, y tú no representas ninguna amenaza para mí.

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