Aspen miró fijamente la pantalla, sumido en sus pensamientos.
—Por el momento, Ledo está a salvo —intervino Laín—. Según mis deducciones, esa gente no le hará daño a corto plazo, pero es muy probable que intenten usarlo como pieza de negociación.
—Aun así, debemos localizar exactamente en qué barco se encuentra lo antes posible para estar preparados ante cualquier eventualidad.
—En cuanto tengamos la información confirmada del barco, llamaré al General Teodoro para que nos ayude a vigilar los movimientos en esa zona —dijo Aspen.
—¿Crees que se den cuenta del plan de Ledo? Son tipos extremadamente astutos —preguntó Laín con cierta inquietud.
—Independientemente de lo que ellos planeen, confío en que Ledo tiene la capacidad para salir de esto. Él jamás permitiría que lo pusieran en una situación de la que no pueda escapar —respondió Aspen.
Mientras hablaba, acarició suavemente las cabezas de Laín y Miro.
—No se preocupen, yo tampoco dejaré que le pase nada malo.
Los dos asintieron al unísono:
—¡De acuerdo!
—¿Qué más confesó Lázaro Rojas? —preguntó Laín cambiando de tema.
Aunque Aspen ya lo había contado varias veces durante el día, tuvo la paciencia de repetírselo todo a sus hijos con lujo de detalles.
La reacción de Laín y Miro fue la misma que la del resto: ¡puro asombro!
Nadie se habría imaginado jamás que Lázaro fuera alguien tan excepcional.
Laín procesó la información por unos segundos antes de preguntar:
—Entonces, ¿cómo planeas localizar a Esteban Ruiz? ¿Y cómo vas a encontrar a quien mató a Ricardo?
Aspen observó a sus hijos con una mirada cálida y llena de afecto.
—De eso no tienen por qué preocuparse. Ya tengo todo organizado. Lo importante ahora es que tienen unos días libres; aprovechen para estar con su madre y su hermana, descansen y disfruten del tiempo en familia. Ellas los han extrañado muchísimo.
Ambos chicos asintieron con obediencia.
Aspen conversó un rato más con ellos sobre sus clases y luego los mandó a sus habitaciones a dormir.
Se quedó solo en el estudio. Con los ojos ligeramente entrecerrados, fijó la vista en el punto del mapa que marcaba la zona marítima donde estaba Ledo, frunciendo el ceño.
No supo cuánto tiempo había pasado cuando, de repente, Carol tocó la puerta y asomó la cabeza.
—¿Por qué sigues encerrado aquí? ¿Pasó algo urgente?
—No es nada. Laín y Miro querían hablar conmigo.
Carol miró a su alrededor.
—¿Y dónde están?
—Ya se fueron a dormir. ¿Tesoro, Luca y Nano ya se durmieron también?
—Nano ya cayó rendido, y Tesoro y Luca se fueron a sus cuartos a prepararse para dormir.
Aspen murmuró por lo bajo:
—Ya casi es Fin de Año y ese niño sigue metido en nuestra casa sin intenciones de irse. Y tú todavía le sigues la corriente. Si esto sigue así, terminará echando raíces aquí.
Esa misma noche, después de la cena, cuando Orion y Samira intentaron llevarse a su hijo, el pequeño se había aferrado a la mano de Tesoro tan fuerte que casi se pone a llorar de la desesperación.
Hernán y Olivia Hidalgo, los abuelos del niño, lo llamaron por videollamada para convencerlo, pero no hubo forma. Al final, Nano terminó soltando el llanto a mares.
Al ver sus lágrimas, a los abuelos se les rompió el corazón y de inmediato cambiaron de bando:
—No llores, mi amor, no llores. Si a Carol y a Aspen no les molesta, y Tesoro quiere que te quedes, entonces quédate el tiempo que quieras.
Y antes de que Aspen pudiera siquiera abrir la boca, Carol ya había respondido:

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