Cauto frunció el ceño y Abel añadió:
—Si quieres irte, claro que puedes, yo mismo lo arreglaré. Pero un traslado no beneficiará a tus padres. Piénsalo bien. Si decides que sí, haré los arreglos ahora mismo.
Cauto dudó. Después de unos segundos de silencio, miró a Nathan.
—¿Entonces, cuándo podrás confirmar lo que tiene mi mamá?
El Dr. Nathan miró a Abel instintivamente y luego respondió:
—Lo más pronto posible.
Cauto insistió: —Quiero saber una fecha exacta.
Tras decir esto, Cauto agregó sorpresivamente:
—No es que tenga algo en contra tuya, es que su salud está mal y me preocupa que su diagnóstico se retrase.
Abel se sorprendió. ¿Cauto se estaba disculpando?
Eso no encajaba con su típica forma de ser.
Cauto prosiguió:
—Tengo un mal genio, pero mi mamá no es una mala persona. Por favor, no la trates mal solo por mi actitud.
El Dr. Nathan se quedó un tanto pasmado y se apresuró a decir:
—Lo entiendo, no te preocupes. Nunca le daría un mal trato a mis pacientes.
Cauto asintió. Estaba a punto de añadir algo más cuando la voz del señor Eladio se escuchó detrás de él.
—Aspen... Ay, no, Cauto.
Como lo había llamado Aspen durante años, le salía de forma natural; al tener que cambiar, al anciano aún le costaba adaptarse.
Cauto se volteó y caminó rápidamente hacia él. —Papá.
Por la actitud que mostraba hacia los ancianos, era evidente que Cauto les tenía un afecto genuino y era muy buen hijo.
El señor Eladio le preguntó: —¿Le preguntaste al médico? ¿Cómo está la salud de tu mamá?
Cauto lo tranquilizó: —No tiene nada grave por el momento, no te preocupes.
El anciano se mostró inquieto: —¿Entonces por qué nos piden que nos quedemos internados?
Cauto respondió: —El Dr. Nathan dice que es para poder seguir haciéndole exámenes.

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