El hombre lanzó un grito agónico: —¡Ah! ¡Aaah!
Pero Cauto no le dio tregua, lo derribó al suelo y comenzó a golpearlo sin piedad.
Sus puños caían como mazos, uno tras otro, cada vez con más furia, destrozándole la cara en cuestión de segundos hasta dejarlo irreconocible y bañado en sangre.
—¡Cauto! —Carol corrió hacia él a toda velocidad.
A la par, los guardias de seguridad del hospital también corrieron a intervenir.
Cauto tenía una fuerza descomunal; dos guardias tardaron varios minutos en lograr separarlo de su víctima.
El personal médico se apresuró a atender al hombre herido.
Cauto, hervía de ira, de pie a un lado, respirando con dificultad y con el rostro pálido y desencajado.
Carol frunció el ceño al acercarse a él: —¿Qué fue lo que pasó?
Cauto se volvió hacia ella, arrugando la frente.
Su mirada era tan gélida que hizo que a Carol le diera un vuelco el corazón.
Sin embargo, él la reconoció casi de inmediato y declaró:
—¡Estaban maldiciendo a mi mejor amigo! ¡Los voy a matar!
Carol arrugó el ceño. Sin entrar a discutir quién tenía la razón, primero intentó calmarlo, preguntándole en voz baja:
—¿Estás herido?
Cauto negó con la cabeza: —No.
Carol miró hacia una de sus manos: —Tienes una herida en la mano, déjame ver.
Cauto dudó un instante, pero terminó por extenderla.
Carol sentenció: —Necesita sutura.
A Cauto pareció no importarle: —Es solo un rasguño, no vale la pena tratarlo.
Carol insistió: —Es mejor que lo revisemos para prevenir una infección. Además, tienes que cuidar a tu madre. Si quieres recuperarte rápido para estar con ella, ven a que te curen.
Los labios de Cauto temblaron levemente y finalmente asintió: —Está bien, te haré caso.
Carol se dirigió luego a los guardias de seguridad y al personal médico:
—Voy a llevarlo a que le curen la herida. Por favor, atiendan de inmediato a estos dos señores. Si surge algún problema, que el Dr. Nathan suba a buscarme.
Como los guardias y médicos de la clínica conocían perfectamente a Carol, asintieron sin dudar: —Entendido.
Carol guio a Cauto de vuelta a su habitación, y personalmente le desinfectó y suturó la herida.
Apenas terminó, Abel, que se había enterado de la situación, entró a la habitación a toda prisa.
Nada más cruzar la puerta, soltó: —¿Qué pasó aquí?
Abel venía directo de la comisaría y se enteró de la pelea de Cauto antes siquiera de llegar al hospital.
Venía tan acelerado que aún estaba jadeando.
Carol explicó: —Se peleó con unos tipos.
Abel frunció el ceño con preocupación: —¿Por qué se peleó?
Cauto exclamó indignado: —¡Estaban maldiciendo a Aspen y no lo iba a tolerar!
Abel y Carol se quedaron perplejos: —¿Qué?
Abel preguntó: —¿Estaban maldiciendo a Aspen?
Cauto apretó los dientes, furioso:

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