Su esposa era infértil, no había podido tener hijos en su juventud. Más tarde acogieron a Nueve durante algunos años y lo criaron como si fuera su propio hijo, desarrollando un amor profundo e inquebrantable.
Hubo una época en la que, para esconder a Nueve de quienes querían asesinarlo, huyeron a vivir a Monte Gélido. Los inviernos allí eran tan extremos que la nieve llegaba a tapar los techos de las casas.
Incluso en un invierno normal, la nieve superaba el metro de altura.
Una noche en la que Nueve enfermó gravemente, ella desafió el frío abrazador cargándolo en brazos para buscar a un médico. El desgaste de esos viajes le dejó secuelas de por vida.
Ahora, todos los días tenía que tomar infusiones naturales para regular su organismo. Si dejaba el tratamiento por un tiempo, su salud se deterioraba al instante.
Nueve se conmovió.
—Dígale que estoy bien.
Don Héctor suspiró.
—Ya se lo dije, y sé que confía en mis palabras, pero es inevitable que se preocupe. Cuando termines este asunto con Aspen Bello, ¿puedes venir conmigo a visitarla?
Nueve dudó un instante, hizo una pequeña pausa y asintió.
—De acuerdo.
Héctor le preguntó:
—¿Ya te comunicaste con Aspen Bello?
Nueve asintió.
—Sí.
Héctor continuó:
—¿Qué te dijo?
Nueve respondió:
—Acordamos discutirlo en persona la próxima vez.
Héctor analizó la respuesta.
—Si está dispuesto a reunirse en persona, significa que, en el fondo, considera colaborar. Aparte de las tres condiciones que mencionó antes, ¿dijo algo más?
Nueve, sin dejar de mirar al frente, lo observó de reojo a través del espejo retrovisor.
Héctor entendió la mirada y le explicó:
—Puesto que me enviaron hasta aquí, era imposible que no me informaran de los detalles de este asunto.
Nueve alzó la voz, frustrado:
—¡No debió involucrarse en esto!
¡Mientras más se sabe, mayor es el peligro!
La ignorancia era la única forma de mantenerse a salvo.
Héctor sonrió con calma.
—No pasa nada. Míralo como una forma de entender al fin bajo la sombra de qué tipo de persona has estado viviendo todos estos años.
Desde que Nueve empezó a trabajar con Ricardo Rojas, su vida había girado en torno a Aspen Bello.
Nueve frunció el ceño:
—¿Qué tanto sabe usted?

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