Mientras tanto, en otro sector del cártel, un hombre delgado y de facciones delicadas se acercaba a la residencia de Kuno.
El guardia de la entrada frunció el ceño al verlo y le cortó el paso.
—¿A qué vienes?
El hombre, Guido, levantó la barbilla. —Vengo a ver al jefe Kuno.
El guardia negó con la cabeza. —El jefe no nos avisó que vendrías.
Guido insistió, tratando de mantener la compostura.
—Lo llamé por teléfono, pero no contestó. Por eso vine en persona.
El guardia se cruzó de brazos. —Ya conoces las reglas. Sin una invitación directa del jefe, no puedes entrar.
Guido bajó la voz, adoptando un tono más suplicante.
—Lo sé, lo sé, pero es que es una urgencia. Hazme el favor, hermano, te lo suplico.
Mientras hablaba, Guido deslizó discretamente un puñado de billetes en la mano del guardia. Al sentir el dinero, el rostro del hombre se relajó un poco y murmuró:
—No es que no quiera ayudarte, es que si entras ahora, la cosa se va a poner muy incómoda. El jefe está acompañado.
Guido frunció el ceño, claramente irritado. —¿Es hombre o mujer?
El guardia soltó una risa seca. —Hombre, obviamente. Ya sabes cómo es el jefe.
Guido apretó los puños. —¿Quién es? ¿Qué trepador está con él?
El guardia se encogió de hombros. —Eso no te lo puedo decir. El jefe tiene muchos por ahí.
Guido apretó los dientes, consumido por los celos.
El guardia le advirtió con tono severo: —Mejor ubícate en tu lugar. Al jefe no le gustan los intensos ni los que arman escandalitos. Si no te llamó, no te busques problemas gratis.
Guido respiró hondo para calmarse. —¿Está durmiendo?
El guardia negó. —No tengo idea.
Guido se quedó en silencio un momento, calculando sus opciones, y luego le dijo al guardia:
—No quiero causarles problemas, pero, ¿podrían al menos avisarle? Solo díganle que tengo un asunto urgente que tratar con él.
El guardia alzó una ceja. —¿Qué tipo de urgencia?
Guido bajó la mirada. —Lo siento, no puedo decírtelo. Tengo que hablarlo directamente con él.
El guardia lo miró con evidente desconfianza.
—No estarás armando todo este teatro por un ataque de celos, ¿verdad? ¡Si estás inventando excusas para interrumpirlo, te juro que el jefe te mete un tiro ahí mismo! Odia que le corten el rollo.
Guido sacudió la cabeza con fuerza.
—¡No, claro que no! Conozco al jefe, ni aunque tuviera nueve vidas me atrevería a molestarlo por una tontería. Es algo serio, ¡es sobre negocios!
El guardia soltó una carcajada burlona. —¿Negocios? ¿Tú?
Guido sabía que no le creían. En El Triángulo de la Frontera, su única función era ser un adorno en la cama de Kuno. Antes de que el guardia pudiera echarlo, insistió:

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