Solo por intentar borrar esa pésima imagen que tenían de ella, se había perdido de tantas oportunidades importantes.
Pero ahora, todo eso se había acabado.
Su padre estaba gravemente enfermo y necesitaba medicinas carísimas; su hermano estaba en prisión y necesitaba una defensa implacable.
Si lograba recuperar su antiguo estatus en el mundo tecnológico, podría conseguir el dinero y el poder para salvar a su familia y, de paso, pagarle a los Figueroa hasta el último centavo que les debía.
—Vicente, no te preocupes. Te juro que ahí estaré.
También quería preguntarle si conocía a algún abogado brillante que pudiera defenderla.
Aunque sabía que los perros de ataque de Damián jamás perdían un juicio, tenía que intentarlo. No era tan estúpida como para dejarse ensartar una deuda falsa de cinco millones de dólares sin pelear.
Pero antes de poder escribirlo, Vicente simplemente respondió un frío "Más te vale", y se desconectó.
Bianca se lamió los labios resecos. Entró a la aplicación del banco, pagó las facturas pendientes de su hospitalización, y luego buscó un pequeño cuarto de alquiler para mudarse.
Dejó las cosas que sacó de la basura en su nuevo cuartucho y pasó toda la tarde organizando los documentos para la convención del día siguiente.
Para cuando terminó y regresó a Villa Serena a empacar su ropa, ya era de noche.
Apenas puso un pie en la entrada, vio a Perla Figueroa fulminándola con la mirada.
Antes, Bianca habría corrido a saludarla con una sonrisa sumisa, pero ahora...
Ni siquiera se dignó a mirarla. Pasó de largo, dispuesta a subir las escaleras, cuando la mujer estalló.
—¡Me enteré de que hoy fuiste a hacer un teatro a la empresa! Usaste a tu maldito bebé para amenazarnos con renunciar, ¡y hasta te atreviste a golpear a Bárbara! ¿Pero quién te crees que eres? ¡Por estar ardida con Damián, usaste al heredero de esta familia para chantajearlo! ¡Eres una vergüenza, nos estás dejando en ridículo frente a todos!
Mientras más hablaba, más se enfurecía Perla.
Se acercó a grandes zancadas y, al ver que Bianca mantenía la mirada baja, le dio ganas de cruzarle la cara de una bofetada.
—¡Eres fea, ordinaria y vienes de una familia de fracasados! No sirves para nada, y aún así, mi hijo, el heredero más brillante de nuestro imperio, tuvo la desgracia de embarazarte. Sabemos que eres escoria, sabemos que no eres digna, ¡y todavía tienes el descaro de pasearte por mi casa como si fueras la dueña! ¡No tienes vergüenza! ¡No tienes educación, basura!
Tan pronto como esas palabras salieron de su boca, Bianca levantó la cabeza y clavó sus ojos en los de Perla, sin una pizca de miedo.
—Señora Figueroa, insúlteme todo lo que quiera, asumo la culpa de mis errores. ¡Pero no se atreva a insultar a mi familia! Si cree que soy tan poca cosa para ustedes, entonces dígale a su precioso hijo que firme el divorcio de una maldita vez, y este bebé...
—¡¿Qué acabas de decir?!
Sin previo aviso, Perla le agarró la oreja con violencia y se la retorció.
—¡Maldita malagradecida, atrévete a maldecir a un niño de los Figueroa otra vez! ¡En cuanto des a luz, Damián te botará a la calle como la basura que eres! ¿En serio creíste que el bebé te iba a dar poder? ¡Eres solo una maldita incubadora! ¡A ver si te entra en la cabeza!
Bianca reaccionó por instinto y empujó a Perla con fuerza. En el forcejeo, tropezó hacia atrás y cayó secamente contra el suelo. Un dolor punzante le atravesó el bajo vientre.
—¡Deja de hacerte la víctima y levántate! —bramó Perla, convencida de que estaba fingiendo.



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