Tenía la extraña sensación de haber olvidado algo de suma importancia, pero por más que forzaba la mente, el recuerdo se le escapaba.
El agotamiento terminó por vencerla; sus párpados pesaban demasiado como para seguir pensando.
❀
A la mañana siguiente, cuando Vicente Ávila volvió a llamarla para confirmar su asistencia, Bianca ya estaba en la entrada de la exposición de tecnología.
Ese evento reunía a las figuras más prestigiosas de la industria. Tras cinco años en la sombra, Bianca sabía que no podía tomárselo a la ligera, así que había llegado muy temprano.
—Vicente... —La mano con la que sostenía el teléfono temblaba ligeramente—. ¿Es cierto que el profesor quiere verme?
Al escuchar la noticia, una mezcla de nerviosismo y culpa oprimió el pecho de Bianca.
Vicente comprendía perfectamente por qué reaccionaba así.
Bianca era la última y más brillante estudiante del Profesor Sergio Salazar, una eminencia tanto a nivel nacional como internacional.
El Profesor Salazar era un hombre apasionado por la investigación que había dedicado su vida a la tecnología aeroespacial. Nunca se casó ni tuvo hijos.
Había criado a Bianca prácticamente como a una hija. Su plan era heredarle todo su conocimiento y llevarla a conocer a sus contactos más influyentes.
Pero nadie imaginó que Bianca se hundiría tan ciegamente en el amor.
Cuando el profesor se enteró de que la alumna que había formado con tanto esmero tiró su brillante futuro a la basura por un hombre, y que se rebajó a ser una simple oficinista en el Grupo Figueroa solo para estar cerca de él, enfermó de tristeza. Estuvo en cama un mes entero y jamás volvió a contactarla.
La culpa consumía a Bianca, quien tampoco se atrevió a buscarlo.
Vicente dejó escapar un suspiro al otro lado de la línea.
—Sí, es cierto. El profesor aún no te ha dado por perdida, quiere darte una última oportunidad. Bianca, qué bueno que por fin abriste los ojos. Cuando termine la exposición, ve al Restaurante El Mirador; reservé un salón privado y él estará allí. Bianca, esta vez no puedes volver a rompernos el corazón. Si lo haces, nosotros... de verdad ya no podremos ayudarte.
—No lo haré, lo juro, aprovecharé esta oportunidad —respondió Bianca, con la voz entrecortada por el llanto contenido.
Pero las lágrimas no llegaron a caer.
Había despertado y no volvería a ser una tonta.
Cerró los ojos, respiró hondo para calmarse y caminó hacia la entrada.
No se dio cuenta de que, a lo lejos, alguien la había reconocido y le estaba tomando fotos a escondidas.
—¿A que no adivinan a quién acabo de ver?
El mensaje en el grupo de chat iba acompañado de una foto furtiva.
La mujer que esperaba para entrar llevaba una chaqueta oscura. Su rostro estaba hinchado y cubierto por algunas manchas del embarazo, y sus ojos enrojecidos delataban que había estado llorando.
¿Quién más iba a ser sino Bianca?
Romeo Paredes chasqueó la lengua con asco al ver la pantalla:
—Damián, esta mujer es más retorcida de lo que pensaba. Primero renuncia a su trabajo, luego se inventa esa mentira de que perdió al bebé solo para llamar tu atención, y ayer monta el drama de irse de la casa. Como nada de eso le funcionó, hoy se viene hasta acá, ¡embarazada y todo! ¡Lo hace a propósito para que la notes!
Al toparse con Damián en la entrada, Romeo no pudo evitar quejarse en voz alta.
Damián le dirigió una mirada gélida y lo cortó:
—Camina.
Solo entonces Romeo recordó a qué habían venido.
Al ver a Melisa Serrano acercarse hacia ellos, radiante y llena de confianza, Romeo comentó:


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