—Yo decidiré cuándo nos divorciamos.
Las palabras fueron dirigidas a Bianca, con un tono tan autoritario que no dejaba espacio para la negociación.
No solo Bianca, incluso don Severiano quedó desconcertado. Cuando el anciano intentó replicar, Damián se adelantó:
—Abuelo, tengo mis propios motivos.
Sin decir más, se levantó y subió las escaleras, dejando la conversación terminada.
Don Severiano miró a Bianca. Si fueran una familia común y corriente, una mujer tan sumisa y obediente como ella sería la esposa ideal. Pero siendo los Figueroa...
—Deberías esforzarte más con Damián —le aconsejó el anciano—. Preocúpate por él, atiéndelo, sé comprensiva. Antes lo hacías muy bien: le lavabas la ropa, le cocinabas, estabas pendiente de él. ¿Qué te pasó estos días? ¿Tanto te cegaron los celos por la joven Melisa? Ningún hombre soporta a una mujer histérica, y mucho menos alguien con el carácter de mi nieto.
A pesar de haber aprobado el divorcio y de saber que Melisa era la prioridad de su nieto, el anciano seguía exigiéndole que fuera una esposa servil.
—Don Severiano... ¿y de qué me sirve hacer todo eso? —preguntó Bianca, incapaz de contenerse.
El anciano solo quería mantener las apariencias. Para él, la dignidad de Bianca no valía nada.
Lo que ella realmente no lograba comprender era por qué Damián se negaba a dejarla ir. La odiaba, ni siquiera le importaba su embarazo, ¿por qué insistía en que tuviera al bebé?
¡No podía ser un amor reprimido!
Don Severiano, que siempre la había visto bajar la cabeza, no se esperaba esa respuesta. ¿Ahora ni siquiera le decía 'abuelo' y se atrevía a cuestionarlo?
Ofendido, se puso de pie para marcharse.
Antes de salir, le lanzó una advertencia:
—No salgas de la casa en esta temporada. Hablaremos cuando des a luz. El niño que llevas dentro es sangre de los Figueroa, ¡y no toleraré que le pase nada!
La puerta se cerró. Bianca se quedó mirando la oscuridad de la noche a través del ventanal.
No se dio cuenta de que, desde el pasillo del segundo piso, el hombre la observaba en silencio.
La mirada de Damián se detuvo en el vientre de la joven antes de dirigirse a Inés.
—El niño que lleva no puede sufrir ningún daño. ¿Entendido?
La empleada sintió un escalofrío. Recordó la charla con don Severiano y asumió que su patrón solo decía eso por respeto a su abuelo, no porque realmente le importara Bianca o el bebé.
—Entendido, señor. Mientras la señora también cuide de sí misma, nosotros estaremos al pendiente de ella.
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