Sin esperar respuesta, Melisa actuó como si ella estuviera al mando. Anotó un número de teléfono en la pantalla de su propio celular y se lo tendió a Bianca.
Bianca miró los números en la pantalla, tomó el teléfono con calma...
Melisa esbozó una sonrisa triunfal, pero antes de que pudiera decir una palabra, la sonrisa se le borró del rostro.
Bianca borró los números uno por uno y dejó el aparato sobre el escritorio con un golpe seco.
—Señorita Serrano, quien comete un delito debe pagar las consecuencias. Bárbara atentó contra mí y contra la empresa. Si tanta pena le da, ¿por qué no se ofrece a cumplir la condena en su lugar?
Bianca hizo una pausa y la miró de arriba abajo con frialdad.
—Aunque no estoy segura de si la policía también encarcela por falta de moral y dignidad.
Con esas palabras, le estaba diciendo en la cara que no era más que una amante, una rompehogares.
Romeo, indignado, saltó en defensa de Melisa:
—¡Escúchame bien! ¡Si Melisa apenas consiguió el puesto de Asistente Ejecutiva para estar más cerca de Damián, es obvio que no va a querer que Bárbara regrese a quitarle el lugar! ¡Esta mujer es una víbora! ¡Todo lo que hace es un teatro barato para acercarse a Damián!
—Tienes la boca muy grande —respondió Bianca, fulminándolo con la mirada—. Si tú también te ofreces a entrar a la cárcel en lugar de Bárbara, con gusto retiro la demanda.
Bianca ya no iba a tolerar a esa gente.
Antes, porque amaba perdidamente a Damián, había soportado a todos sus amigos estirados con una paciencia infinita.
A pesar de que ellos siempre la trataron como si fuera basura.
Pero ahora, ya no tenía motivos para aguantar, ¡y mucho menos al idiota de Romeo!
Romeo enrojeció de rabia e hizo el amago de acercarse para enfrentarla.
Melisa lo detuvo con delicadeza. Manteniendo su fachada de superioridad, le sonrió a Bianca con una compasión fingida.
—Que mi hombre sea deseado por tantas mujeres y, al final, su corazón solo me pertenezca a mí, me llena de orgullo. Demuestra que tengo un gusto excelente. Pero...
La sonrisa de Melisa se volvió despectiva.
—Señorita Núñez, verla rebajarse a pelear con otras mujeres por la atención de un hombre me da mucha lástima. De verdad. Si no quiere retirar la denuncia, no lo haga. Hagamos de cuenta que no le pedí nada.
Bianca sentía una curiosidad morbosa por saber cómo Melisa lograba mantener esa actitud de superioridad moral.

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