Cuando Vicente llegó, examinó a Bianca Núñez de pies a cabeza con el corazón encogido.
—¡Estás en los huesos!
Bianca tomó un par de cucharadas del sustancioso caldo de costilla que Vicente le había preparado personalmente y luego bebió un poco del suplemento vitamínico. La abrumadora sensación de hambre disminuyó bastante antes de que pudiera hablar.
—Vicente, últimamente tengo mucha hambre. Es como si todavía hubiera alguien viviendo dentro de mí. Si no fuera porque los médicos ya confirmaron que perdí a los dos bebés, juraría que sigo embarazada.
Las mujeres embarazadas suelen tener mucho apetito; Bianca lo sabía perfectamente. Precisamente por eso, cuando estaba gestando, el estrés del trabajo, la asfixiante presión de la familia Figueroa, el desprecio de Damián y los constantes malos tratos de la empleada doméstica, hicieron que comiera y durmiera mal. Sus horarios erráticos, sumados al embarazo, habían provocado que retuviera líquidos y perdiera su figura por completo.
Vicente bajó la mirada, sin responder de inmediato. En su lugar, le ofreció un pequeño emparedado.
—Si puedes comer, significa que tu cuerpo aún está débil y necesita recuperar energía. Te he contratado al mejor nutricionista para que te ayude a ponerte en forma. Te aseguro que en menos de un año volverás a ser la misma de antes.
Bianca le dio un mordisco al emparedado antes de preguntar.
—Vicente, escuché que el Profesor Salazar asistirá al banquete de la familia Figueroa dentro de tres días. ¿Es cierto?
Vicente estaba a punto de decirle que el profesor no planeaba ir, cuando el teléfono de Bianca vibró.
Era un mensaje de la oficina de presidencia. Una orden directa de Damián Figueroa:
'Hoy mismo te encargarás de comprar y organizar todo lo necesario para el banquete. Irás personalmente. Tómalo como una forma de disculparte por no saber mantener la boca cerrada'.
Los nudillos de Bianca se pusieron blancos al apretar el teléfono.
Con solo haber dicho una palabra sobre su adorada Melisa Serrano, el castigo de Damián no se había hecho esperar.
Vicente le arrebató el teléfono para leer el mensaje. Su rostro se ensombreció al instante.
—¿Acaso este infeliz no sabe quién es su esposa? ¡Cómo se atreve a tratarte así! ¡Para él, todavía estás embarazada! ¡Llevas a sus hijos en el vientre! ¡Eres una mujer embarazada, por el amor de Dios!
Bianca bajó la cabeza, guardando silencio.
A Vicente se le partía el alma al verla así.
—Te acompañaré.

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