Marcus se alejó tan rápido que sus pasos apenas hicieron eco en el pasillo.
Cuando Félix llegó a la puerta, ya no había nadie allí. Su respiración se agitó como si hubiese corrido un maratón, buscó con la mirada, pero solo encontró el vacío y la penumbra.
—Imaginaste a alguien —dijo Sienna, intentando calmarlo, aunque su propia voz temblaba.
Ella misma no estaba segura de lo que había visto: aquella sombra fugaz, aquella silueta que parecía observarlos. Sus ojos reflejaban duda, pero, como si no quisiera enredarse más en sospechas, se obligó a sonreír.
—Hermano, te aseguro que prepararé un buen viaje para ustedes dos. Les hará bien.
Su sonrisa era cálida, y Félix, que estaba herido y desesperado, quiso creer en ella. Se aferró a esa idea como un náufrago a una tabla en medio del mar.
***
Mientras tanto, en su oficina, Orla contemplaba el ramo de rosas rojas que descansaba sobre su escritorio.
La intensidad del color la desarmaba. Por un instante, permitió que su corazón se encendiera con la ilusión de que Félix había recordado sus gestos de amor.
Sus labios dibujaron una sonrisa tímida, un destello de esperanza que le devolvía calor a su alma cansada.
Pero la ilusión se quebró cuando Marcus apareció en la puerta, con esa sonrisa calculada que nunca terminaba de llegar a sus ojos.
—Hola —dijo con suavidad, como si su sola presencia fuese un regalo.
Orla se sobresaltó.
—Marcus… tú…
Él avanzó despacio, como un depredador que no quiere asustar a su presa.
Le tomó las manos con firmeza, atrapándolas entre las suyas.
—Orla, perdóname si mis rosas te ofenden.
Ella bajó la mirada, retiró las manos con suavidad, casi temblando.
—No es eso, Marcus. Es que… soy una mujer casada.
Él no cedió. Volvió a tomar sus manos, apretándolas con más fuerza, como si quisiera atarla a su voluntad.
—Pero no eres feliz, ¿verdad? —su voz era un veneno disfrazado de ternura.
El aire se tensó en un segundo.
—¿Qué pasa aquí? —exclamó de pronto la voz de Félix.
Orla soltó a Marcus como si sus manos quemaran. Giró hacia la puerta y encontró a su esposo, mirándolos, con el rostro endurecido, los ojos llenos de sospecha.
—Félix… ¿Qué haces aquí? —preguntó ella, desconcertada, intentando disimular su sobresalto.
—¿Te sorprende? —dijo él con ironía—. ¿Acaso interrumpo algo?
La pregunta cayó como un cuchillo.
Orla quiso responder, pero las palabras se le atoraron en la garganta. Félix miró su reloj, el gesto brusco, como si intentara recuperar el control de la situación.
—Es hora de irnos.
Sin esperar réplica, tomó su mano con fuerza y, de paso, agarró su cartera.
Salieron juntos, dejando a Marcus tras ellos. Este, al verlos partir, apretó los puños con rabia contenida. Su rostro, hasta entonces sereno, se transformó en una máscara de odio.
En el auto, Orla se soltó bruscamente del agarre de Félix.
—¡Félix! ¿Qué demonios te pasa? —su voz era un látigo de reproche.
Él la miró con furia y celos ardiendo en sus ojos.
—¡Ese hombre otra vez!
Ella lo miró incrédula, y de pronto, sonrió con ironía.
—¿Estás… celoso?
Félix no lo negó. La atrapó contra su pecho con una fuerza desesperada, como si temiera perderla en cualquier instante.
—Sí, estoy celoso. Muy celoso —sentenció, su voz cargada de verdad—. Porque te amo.
Sin darle tiempo de replicar, la besó con locura, con pasión salvaje. Fue un beso ardiente, desgarrador, que hablaba de dolor y necesidad.

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