—¡¿Melody?! —exclamó Orla, su voz se quebró como un cristal al caer.
El corazón le latía con tanta fuerza que sintió que iba a desgarrarle el pecho.
De pronto, Félix apareció corriendo desde el jardín, con el rostro angustiado, cuidaba demasiado de su esposa.
—Yo iré por mi sobrina, amor —dijo para que ella no se esforzara mucho y pudiera seguir en lo suyo.
Orla asintió, aunque sus manos se apuraron levantando las rosas y poniéndolas en una canasta.
Félix buscaba a la niña por el jardín, vio al pequeño perro pug correr a un lado de él y alejarse, ladrando desesperado.
Él no le hizo caso.
—¡Melody, cariño, vamos adentro de la casa! Mamá, papá y el nuevo bebé van a llegar pronto —gritó con desesperación, mirando a todas partes.
Pero entonces, al girar, lo vio. El mundo pareció detenerse.
Un hombre sujetaba a la niña entre sus brazos, cubriéndole la boca con brutalidad.
La pequeña pataleaba, intentando liberarse, sus ojitos llenos de lágrimas. Y la imagen que se reveló frente a Orla le heló la sangre.
¡Era Marcus Montiel!
—¡Suéltala! —gritó ella con todas sus fuerzas—. ¡No le hagas daño, maldito seas, es solo una pequeña!
Marcus sonrió con esa mueca torcida, cargada de crueldad y posesión.
—¿Dónde está mi mujer? —demandó con voz grave—. Sabes que es mía. Orla espera a mi hijo.
Félix sintió cómo la rabia lo consumía, un fuego ardiente que le quemaba la garganta.
—Eres un enfermo —escupió—. ¡Ella no es tuya, ni lo será jamás!
El hombre soltó bruscamente a Melody, dejándola caer de rodillas en la hierba.
La niña corrió con todas sus fuerzas hacia Orla, que la recibió temblando, pero antes de que pudiera huir, Marcus levantó su pistola y apuntó directo al pecho de Félix.
—¡Devuélvanme a mi mujer! —rugió, con los ojos desorbitados.
—¡Tía! —sollozó Melody, aferrándose al vestido de Orla—. Hay un malo ahí, tío Félix está asustado.
Esas palabras inocentes hicieron que Orla sintiera un terror desgarrador.
El aire se volvió espeso, difícil de respirar.
Quiso correr, gritar, protegerlos a todos al mismo tiempo, pero sus piernas parecían de plomo.
Aun así, reunió fuerzas. Tomó la manita de Melody y corrió hacia la casa. Apenas pudo cerrar la puerta, pulsó el botón oculto de la alarma silenciosa, la que alertaba directamente a seguridad.
La empleada apareció en ese momento, con su pequeño hijo Demetrio de la mano.
El niño, de apenas siete años, miraba asustado la escena, sin comprender la magnitud del peligro.
—¿Señora? —preguntó la empleada con voz trémula.
—¡Llévate a los niños, escóndelos! —ordenó Orla, con el corazón en la garganta.
La mujer obedeció de inmediato.
Condujo a Melody y a su propio hijo hacia el despacho, cerrando la puerta tras de sí. Apenas desaparecieron, Orla respiró un instante, como si esa pequeña acción le devolviera un mínimo control.
Pero el infierno no tardó en regresar.
La puerta principal se abrió de golpe.
Marcus entró con la pistola aún en la mano, apuntando directamente a Félix.

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