La lluvia había empezado a caer con más fuerza cuando el taxi se perdió entre las sombras. Me quedé allí, frente a la casa que alguna vez llamé hogar.
El aire olía a tierra mojada y recuerdos rotos.
La fachada seguía tan imponente como siempre: la piedra blanca reluciente, las luces cálidas del porche encendidas, los ventanales iluminados. Todo igual… pero distinto. Porque esa casa ya no me pertenecía.
Respiré hondo y di unos pasos hacia la puerta principal.
El sonido de mis tacones contra el pavimento se mezclaba con el golpeteo del agua. Me temblaban las manos cuando toqué la perilla.
Estaba cerrada.
Probé de nuevo, esta vez con más fuerza. Nada.
Saqué mis llaves del bolso con un hilo de esperanza, como si aún pudiera volver a entrar en mi antigua vida. Pero al girarlas, el metal se trabó. Las cerraduras habían sido cambiadas.
—No puede ser… —susurré, sintiendo que algo se quebraba dentro de mí.
Golpeé la puerta, una, dos, tres veces.
Nadie respondió.
Fue entonces cuando vi una bolsa de plástico junto a una maceta. La ignoré al principio, con la absurda esperanza de que no fuera lo que imaginaba. Giré la perilla una ves mas con desesperación pero no pude abrir.
Golpeé la puerta con los puños, una, dos, tres veces. Entonces miré la bolsa.
Y el mundo se detuvo.
Me arrodillé bajo la lluvia y la abrí. mis cosas. Un par de blusas, mis libros, una fotografía rota… Todo lo que me pertenecía. Todo lo que yo era, metido en una bolsa de basura.
Una carcajada amarga escapó de mis labios, tan fuera de lugar que me dio miedo.
¿Cómo podía reír en ese estado?
Quizá porque si no lo hacía, me rompería por completo.
—Así que esto es lo que quedaba de mí… —murmuré, sosteniendo la bolsa contra mi pecho.
Me senté frente a la puerta, empapada, con la cabeza entre las rodillas.
Los vecinos hablaban desde sus ventanas, susurros lejanos que me perforaban los oídos.
No me importó.
Intenté llamarlo. Mis dedos temblaban mientras buscaba su nombre en el teléfono.
Julian Hawthorne.
Presioné el ícono verde.
Una, dos, tres veces.
Ninguna llamada pasó.
El tono se interrumpía de inmediato.
Me había bloqueado.
Ya no quedaba nada de la mujer que había sido.
Ni la esposa devota.
Ni la heredera de una fortuna.
Ni la hija orgullosa de un hombre noble.
Solo quedaba yo: una sombra empapada, sin hogar, sin rumbo, sin futuro.
No sé cuánto tiempo pasó. Quizás minutos. Quizás horas.
Pero en algún momento, simplemente me puse de pie.
Tomé la bolsa con mis cosas, me envolví el abrigo de Sabrina y comencé a caminar.
No tenía destino, solo un impulso: alejarme.
El camino se extendía frente a mí, oscuro y silencioso. Cada paso era una despedida.
Caminé durante tanto tiempo que perdí la noción del lugar. Las calles se transformaron en carreteras, las luces en árboles, y los árboles en sombras.
La lluvia cesó, pero el frío seguía allí, hundiéndose en mi piel.

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