Pov Damian
Ella parpadeó, intentando decir algo, y justo en ese momento sentí el picor en la garganta. Tosí con fuerza, cubriéndome la boca, pero fue inútil. Una gota oscura de sangre se escapó y… bueno, terminó en su cara.
El horror en sus ojos fue tan puro que casi me dio risa.
—Genial —murmuré—. Primera persona que veo en semanas, y la escupo.
Ella se limpió la mejilla con una expresión de repulsión.
—¿Qué te pasa? ¡Eso es asqueroso!
—Tranquila —repliqué—. No es contagioso. Creo.
—¡Dios mío! ¿Por qué todos los hombres que conozco son unos imbéciles? —gruñó, apartándose de mí.
—No lo sé, señora del suéter rosa —respondí con ironía—. Pero si vino a saltar, hágame el favor de hacerlo del otro lado. No quiero que su cuerpo choque con el mío en el agua.
Ella me miró, atónita.
—¿Qué dijiste?
—Dije que si vas a morir, al menos respeta el espacio personal.
Durante unos segundos, el silencio se volvió incómodo… hasta que ella soltó una risa histérica.
Una risa quebrada, desbordada, como si el alma le pesara.
Y por alguna razón… esa risa me dolió.
La miré fijamente, intentando ignorar el temblor del puente y el ardor en mis pulmones.
No sé si era el frío, la soledad o la enfermedad.
—¿Tú… planeas saltar? —preguntó ella con cautela.
—No. Vine a hacer turismo —respondí sin inmutarme, apoyándome en el barandal. Luego la miré de reojo—. Claro que sí, mujer.
Pov Valeria
Lo observé con atención.
Tenía el rostro cubierto en parte por la capucha, pero sus rasgos eran fuertes, marcados, y su expresión transmitía algo más que ironía. Transmitía dolor.
Un dolor parecido al mío.
—¿Qué te pasa? —le solté, sin pensarlo.
Él arqueó una ceja.
—¿Eso fue compasión o curiosidad?
—Ninguna de las dos. Solo quiero saber si estás loco o enfermo.
Tosió de nuevo, con una risa amarga.
—Probablemente ambas cosas.
El silencio volvió a caer entre nosotros. Solo se escuchaba el viento y el río rugiendo bajo los tablones.
Por primera vez, sentí miedo. No de él… sino de mí misma.
—¿Por qué estás aquí? —preguntó de pronto, girándose hacia mí.
—No es asunto tuyo.
—Claro que lo es —replicó, mirando el agua—. Si vas a saltar, quiero saber si tengo que avisar a alguien cuando termines.
— Eres un imbécil —susurré.
—Lo sé —respondió con calma—. Pero tú estás hablando con un imbécil al borde de un puente, así que… ¿qué dice eso de ti?
No pude evitar soltar una risa entrecortada. Ridícula, nerviosa.
El sonido rebotó entre los árboles y volvió hacia nosotros como un eco triste.
Por primera vez en mucho tiempo, alguien me hizo reír… incluso en medio de mi ruina.
Él la notó, y una sombra de sonrisa cruzó su rostro.
—Ahí está. Pensé que ya no sabías hacerlo.
—¿Qué?
—Reír. Las personas que vienen aquí normalmente han olvidado cómo suena su propia voz.
Nos quedamos callados otra vez.
El viento sopló más fuerte.
Una parte de mí quería volver a la orilla. La otra… solo quería que terminara.
—¿Cómo te llamas? —pregunté al fin.
Él dudó un instante antes de responder:
—Damian.
—Yo soy Valeria.
—No me interesa —dijo con una sonrisa leve—. No planeo recordarlo mañana.
Primero sorpresa, luego indignación y finalmente pura furia.
Antes de que pudiera reaccionar, empezó a golpearme con la bolsa.
—¡Idiota! ¡Es mi ropa! —gritó, dándome en el pecho con tanta fuerza que la bolsa casi se rompió.
Me cubrí el rostro, intentando apartarla mientras tosía.
—¡¿Y por qué demonios cargas tu ropa como si fuera basura?!
—¡Porque eso es lo que soy ahora, basura! —respondió con un sollozo.
La furia se me apagó de golpe.
Y justo entonces, la tos volvió.
Una tos seca, profunda, que me desgarró el pecho hasta que un sabor metálico llenó mi boca.
Me incliné, presionando la mano contra mis labios.
Vi caer gotas oscuras sobre el suelo del puente.
Ella se acercó instintivamente.
—¿Estás… estás bien?
—Aléjate —gruñí, pero mi voz salió débil.
Ignoró la orden y me tomó la mano con ambas suyas.
Sus dedos estaban fríos, pero su toque era cálido, humano.
Y eso… me desarmó.
El puente se movió con el peso de ambos, gimiendo bajo nuestros pies.
Durante unos segundos, pensé que se vendría abajo.
Pero se estabilizó.
—¿Puedes soltarme? —murmuré, recuperando el aire—. No quiero que mueras antes de tiempo solo por intentar ayudarme.
Ella no respondió, solo asintió, soltándome con cuidado.
Por primera vez, la miré sin sarcasmo.
Empapada, con el cabello pegado al rostro, la bolsa colgando de un brazo y los ojos rojos, parecía tan perdida como yo.
Y, sin embargo, por alguna razón, no podía apartar la vista.

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