Pov Damian
—Oooh… lo siento mucho —dijo ella, mirando mis manos manchadas—. No quise golpearte tan fuerte. ¿Estás… enfermo?
—Felicidades, detective —respondí, limpiándome la boca con la manga—. Muy observadora.
Me giré y añadí, con un tono cortante:
—¿Podrías bajarte de mi puente?
Ella soltó una carcajada entre lágrimas.
—¿Tu puente? Qué arrogante. Se supone que deberías estar en un hospital, no aquí. ¿Qué estás haciendo? ¿Escapaste del pabellón psiquiátrico o algo así?
—No. Se supone que debería estar en el baño, pero vine a tomar aire —repliqué con sarcasmo—. ¿Y tú? ¿Viniste de picnic con tu bolsa de basura?
—No es asunto tuyo —dijo ella secamente.
Nos quedamos callados por unos segundos, el viento cortando entre nosotros. Hasta que los dos llegamos a la misma conclusión.
Y nos miramos al mismo tiempo.
—¿En serio? —dije, alzando una ceja—. ¿No había otro día ni otro puente en toda la maldita ciudad?
—Lo siento, ¿querías que te mandara un correo avisando que hoy pensaba suicidarme? —gritó ella con rabia contenida.
—No hubiera estado mal —contesté—. Podría haber cambiado la cita.
Ella bufó y cruzó los brazos.
—Encuentra otro puente, este me pertenece.
Reí entre dientes.
—Te recuerdo que llegué primero. En este país ya ni siquiera puede uno morirse en paz sin que alguien se entrometa.
Ella soltó un gruñido y miró hacia abajo, intentando calcular la distancia al agua.
—¡Oye! —exclamé, sujetándola por el suéter antes de que se inclinara más—. ¡Ni se te ocurra saltar antes que yo!
Ella me fulminó con la mirada.
—¿Y qué más da?
—Da que si saltas primero, tu cuerpo se va a quedar atascado en las rocas y cuando nos encuentren van a decir que éramos amantes que decidieron morir juntos. Y eso —tosí con fuerza— sería un insulto para mí.
Ella me miró con incredulidad y luego frunció el ceño.
—Tranquilo, no saldría contigo.
—¿Perdón? —arqueé una ceja, fingiendo indignación—. ¿Por qué no? ¿Porque estoy enfermo?
—No —respondió con voz temblorosa pero firme—. Porque no te conozco.
—Ajá… —dije, medio sonriendo—. Entonces prefieres morir que conocerme.
—Exacto. —Se cruzó de brazos—. Tú salta primero, y yo te sigo. Estoy segura de que tu hermosa figura abrirá camino entre las piedras.
Su sarcasmo me hizo soltar una risa cansada.
—¿Qué quisiste decir con eso de que no saldrías conmigo?
—¿Por qué te importa? Vas a morir, ¿recuerdas? —respondió.
—Es simple curiosidad —dije, mirándola directamente—. Y por aclarar, yo no te invitaría a salir de todos modos. Tienes un pésimo gusto para vestir.
—¿Ah, sí? —me miró de arriba abajo con una mueca—. Pues yo no saldría contigo porque te ves... enfermo.
Por un momento me quedé en silencio. Luego reí, bajito.
—Gracias. Por lo menos eres honesta. Eres la primera persona en mucho tiempo que no me miente en la cara.
Ella bajó la mirada, visiblemente incómoda.
—Perdón. No quise decirlo así.
—Aprende a sostener tus palabras —le dije, con voz calmada—. Aunque… tienes razón.
Me acerqué a la baranda, observando el río oscuro.
—Bueno, ¿quién salta primero? —pregunté con una media sonrisa—. Porque si sigues aquí, terminarás cayéndome encima y no pienso morir aplastado.
Ella soltó una risita nerviosa.
—Tal vez deberías saltar tú. Te ves más… preparado para eso.
—No lo creo —contesté, mirándola de reojo—. Las personas como tú siempre cambian de idea a último momento.
—¿Personas como yo?
—Sí —respondí, con voz grave—. Las que aún esperan que algo o alguien les dé una razón para quedarse.
Y por primera vez, ella no respondió.
Solo se quedó ahí, mirándome, como si mis palabras la hubieran golpeado más fuerte que cualquier golpe físico.
Pov Valeria


VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Te amé... Ahora te destruiré