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Traicionada y adorada: Ahora soy inalcanzable romance Capítulo 104

Las sirenas de la ambulancia rasgaron la oscuridad del atardecer mientras corrían frenéticamente hacia el hospital.

En el interior del vehículo, el olor a desinfectante se mezclaba con un pesado y metálico hedor a sangre.

Era tan intenso que asfixiaba.

Mireya yacía en la camilla, con el rostro tan pálido como un fantasma.

Su cabello largo estaba pegado a su cuello, desordenado, y algunas gotas de sangre que no habían limpiado del todo resbalaban por su frente.

Pero lo que realmente aterrorizaba a Vidal era la alarmante mancha roja que se expandía bajo el cuerpo de Mireya.

En pleno invierno.

La sangre había empapado sus gruesas ropas, tiñendo por completo su abrigo.

Vidal sabía exactamente qué significaba eso.

Ni siquiera había llegado a enterarse de la buena noticia de su embarazo, cuando de pronto se topaba con esta tragedia.

Era muy probable que el bebé no sobreviviera.

Vidal sintió que la sangre se le congelaba en las venas.

Mireya abrió lentamente los ojos.

Y extendió una mano temblorosa.

Vidal la tomó de inmediato.

Mireya se aferró a los dedos de Vidal como si su vida dependiera de ello. Su voz estaba rota, llena de lágrimas y desesperación.

—¿Estará bien? ¿Mi bebé estará bien? Se lo ruego, doctor... por favor, salve a mi bebé...

Mientras hablaba, el pánico se apoderaba más de ella. Su respiración se volvió errática y su cuerpo comenzó a temblar ligeramente debido al dolor inaguantable.

El paramédico ajustó la vía intravenosa mientras trataba de calmarla.

—La paciente no debe alterarse. Mientras más se agite, peor será para el feto.

Luego miró a Vidal y le indicó con seriedad:

—Señor, tranquilícela. Necesita estabilizar sus emociones; no puede recibir más sobresaltos ahora mismo.

Vidal apretó la mano de Mireya. Su voz sonaba áspera y sombría.

—Aquí estoy, no tengas miedo. Estoy contigo. Tú y nuestro hijo van a estar bien...

Mireya perdió el conocimiento una vez más, cayendo en un sueño profundo.

Vidal giró el rostro hacia el paramédico.

—¿Qué le pasa?

El especialista revisó las pupilas de Mireya y respondió en voz baja:

—Es por la pérdida masiva de sangre. Ya le administramos coagulantes en el suero, debería estabilizarse. Solo en el hospital podrán hacerle una evaluación completa...

Vidal tragó grueso antes de hacer la pregunta que lo atormentaba:

—El bebé... ¿se puede salvar?

El paramédico suspiró.

Echó un vistazo a la alarmante cantidad de sangre en el abrigo.

—Haremos todo lo que esté en nuestras manos.

Vidal no dijo nada más.

No supo cuánto tiempo pasó.

De repente, Vidal recordó lo que había orquestado para esa misma noche.

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