Cada uno de esos regalos lo había guardado allí, en perfectas condiciones.
Selena se arremangó y comenzó a organizar.
Les tomó fotos a cada uno y los subió a una plataforma de ventas de segunda mano. Todo eso junto valía muchísimo dinero.
Justo cuando le estaba tomando fotos a su vestido de novia, Vidal llegó a casa.
Ese vestido de novia había sido el primer regalo que Vidal le había dado tras casarse.
La familia Paredes había despreciado a Selena por ser de una familia común, por su problema de audición y porque ya había estado casada antes. Ni siquiera le permitieron tener una ceremonia sencilla, mucho menos una boda por todo lo alto.
Por eso, Vidal había gastado doscientos ochenta mil pesos en un vestido de novia y se lo regaló el mismo día que firmaron los papeles del registro civil.
Vidal todavía recordaba cómo, en ese entonces, Selena sostenía el vestido con los ojos brillando como estrellas, acariciando la tela una y otra vez. Le sonrió de la forma más radiante y le dijo: «¡Lo voy a cuidar con mi vida!»
Desde ese día, cada tres meses, Selena llevaba el vestido personalmente a una lavandería especializada para que le dieran mantenimiento y, después, iba por él ella misma.
Vidal tragó saliva. Se acercó y la abrazó por la cintura desde atrás, hablándole con voz suave: —¿Viendo otra vez el vestido de novia?
Selena se soltó de su agarre, todavía con el celular en la mano. —Sí.
Vidal siguió la mirada de ella hasta el teléfono y preguntó intrigado: —¿Le estás tomando fotos?
Selena no intentó ocultárselo. —Sí.
Vidal no se molestó porque ella lo hubiera alejado; por el contrario, su sonrisa se hizo más profunda. Él lo sabía: todo este tiempo, Selena solo había estado haciendo un berrinche. Si de verdad quisiera separarse, ¿por qué estaría sola en la bodega, a altas horas de la noche, admirando su vestido de novia?
Le acarició el cabello con suma ternura. —Bueno, sigue viéndolo. Iré a la recámara a darme un baño.
Dicho esto, Vidal le sonrió como una brisa cálida de primavera y salió de la habitación.
Selena levantó el teléfono, tomó un par de fotos más enfocadas en los detalles y publicó el vestido en la aplicación de ventas.
Un vestido que originalmente costaba doscientos ochenta mil pesos, lo publicó a dos mil ochocientos.
Casi en el mismo segundo en que lo subió, alguien lo compró.
El comprador, seguramente temiendo que Selena se arrepintiera del precio ridículo, acordó pasar a recogerlo la mañana siguiente.
Muy temprano, el repartidor tocó a su puerta. Selena lo llevó a la bodega. —Ya lo empaqueté de forma sencilla, le pido que lo revise de nuevo para confirmar.

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