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Traicionada y adorada: Ahora soy inalcanzable romance Capítulo 129

La señora Sánchez le dedicó una sonrisa amable. Bajó la mirada por un instante y, finalmente, decidió meterse en lo que no le importaba una vez más.

—Señora, cuando el señor Vidal me despidió, me dijo que me volviera a presentar a trabajar el día que usted regresara a la casa. Y, bueno, no soy tonta, entendí perfectamente la indirecta.

Selena quedó estupefacta, y su opinión sobre la bajeza de Vidal cayó aún más bajo.

Si la señora Sánchez se lo explicaba de esa manera, Selena lo entendía a la perfección: Vidal quería usar el trabajo de la mujer como herramienta para chantajearla y obligarla a volver.

Lo que Selena no se esperaba era que la señora Sánchez prefiriera quedarse sin empleo antes que llamarla para presionarla.

Selena sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas. —Muchísimas gracias, señora Sánchez.

La mujer suspiró pesadamente. —Señora, si le soy sincera, me da mucha lástima su situación.

Selena se quedó en blanco. —¿Por qué lo dice?

La señora Sánchez negó con la cabeza, mirándola con compasión. —Cuando usted y el señor Vidal recién se casaron, yo llegué para prepararles sus comidas todos los días. En ese entonces sentía que ustedes dos eran una pareja hecha en el cielo, se veían tan bien juntos... A veces hasta sentía envidia de ese amor tan sólido que se tenían.

—Pero con el tiempo, poco a poco me di cuenta de que el señor Vidal no era el hombre perfecto que yo creía, y que usted dependía de él muchísimo más de lo que imaginaba. Siempre sentí que eso no era sano. Luego, un par de veces los escuché discutir por la secretaria Soria. Yo notaba que a usted no le caía nada bien esa mujer, y aun así, el señor Vidal insistía en mantenerla como su asistente. Desde entonces supe que algo no andaba bien.

—El señor Vidal siempre dice que la secretaria Soria es muy eficiente, pero en este mundo sobra la gente eficiente y nadie es indispensable... a menos que esa persona se vuelva indispensable en el corazón de alguien.

Selena se quedó helada ante la revelación, sintiendo un sudor frío recorrerle la espalda.

Era una verdad tan simple. Una verdad que incluso su empleada doméstica había logrado ver.

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