Quería llamar a Emilio desesperadamente para ver cómo estaba Leo.
Pero se contuvo a la fuerza.
Ella lo sabía.
Esta lección...
Tenía que aprender a superarla sola.
——
En un bar de luces estroboscópicas y música ensordecedora.
Mireya veía a Vidal completamente ebrio. No podía ni moverlo, y estaba furiosa.
Con las manos en las caderas, le rogó: —Vidal, vámonos a casa, ¿sí?
Vidal la empujó de un manotazo.
Se dejó caer sobre la barra.
Agarró otra botella de licor.
Se la llevó a la boca y dio un trago largo y desesperado.
¿A casa?
¡Ja!
¿Acaso esa era su casa?
Ni siquiera ese departamento le pertenecía.
Él había creído que Clemente estaba muerto y enterrado.
Que la familia Paredes caería en sus manos tarde o temprano. Incluso había trabajado para ellos gratis, sin exigir acciones.
¿Quién iba a imaginar que Clemente seguía vivo?
¿Quién iba a imaginar que esos viejos accionistas, que juraban apoyarlo a muerte, le darían la espalda y lo harían renunciar sin titubear en cuanto saliera la prueba de ADN?
¿Por qué?
¿Por qué a él?
Mireya apretó los dientes. —Vidal, aunque no tengamos a la familia Paredes, todavía tenemos el estudio y nuestros otros negocios. Podemos tener una buena vida.
Vidal soltó una carcajada burlona.
¿Ese equipito de diseño? ¿Esos negocitos de poca monta?
Además...
Si esos negocios habían generado dinero a manos llenas en los últimos dos años, era únicamente porque los clientes le daban los contratos por ser el gran jefe.
El día que dejara de serlo, ¿quién le iba a rendir pleitesía?
Mireya sintió una punzada en el vientre.
Harta, dio un pisotón, llamó a Javier y se marchó primero.

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