Hasta que Vidal se quedó dormido.
La chica se despidió y se marchó.
Javier sintió un impulso y la llamó: —Espere, señorita, encontrarnos fue cosa del destino. ¿Me pasaría su contacto?
La chica asintió con gusto.
Intercambiaron números.
Después de eso...
Javier llevó a Vidal a su casa.
Mireya, en bata de dormir, salió a recibirlo. —Gracias, Javier.
Javier negó con la cabeza. —Lo llevaré a la recámara de arriba.
Mireya asintió.
Caminó por delante para guiarlo.
Tras acostar con éxito a Vidal en la cama, Javier suspiró aliviado. —Asistente Soria, pierda cuidado. Sin importar la decisión que tome el señor Vidal, yo me quedaré a su lado.
Mireya sonrió. —Sabía que le serías leal. Confía en mí, aunque no tengamos a la familia Paredes, Vidal volverá a levantarse.
Javier asintió y se marchó.
Mireya suspiró.
Como no podía bañarlo, fue a preparar un recipiente con agua tibia para limpiarle el cuerpo.
Pero justo en el momento en que Mireya se dio la vuelta...
El hombre ebrio a sus espaldas murmuró como si estuviera en medio de una pesadilla: —Selena, me siento muy mal, hazme un caldo para la resaca.
Mireya se detuvo en seco.
Giró la cabeza.
Clavó una mirada llena de resentimiento en Vidal.
Entonces, lo escuchó balbucear de nuevo: —Selena, te compraré una casa inmensa, un auto deportivo, un anillo de diamantes... en el futuro, definitivamente... seremos muy felices... Selena...
Mireya estaba temblando de rabia.
Apretó los puños.
Se acercó a la cama.
Lo agarró por el cuello de la camisa con ambas manos y lo sacudió con fuerza. —¡Despierta! ¡Mírame bien! ¿Quién soy?
Vidal sentía como si tuviera alcohol corriendo por las venas.
Estaba completamente aturdido.
Y con esa sacudida...
La cabeza le daba vueltas.
Abrió los ojos lentamente y su mirada se posó en el rostro de Mireya.
Levantó la mano con pesadez.
Sostuvo suavemente las mejillas de Mireya con ambas manos, se incorporó sin poder controlarse, y con un beso ardiente, impregnado de alcohol, comenzó a besarla desesperadamente en los labios.
—Selena...

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