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Traicionada y adorada: Ahora soy inalcanzable romance Capítulo 29

—¡Ay, Dios mío! —la regañó Zulema con cariño—. Ya estoy vieja y arrugada, ¿no te da cosa dormir conmigo?

Aunque sus palabras decían una cosa, sus manos hacían otra. La anciana estiró el brazo y le acomodó bien las cobijas en la espalda para que no pasara frío.

—Eres exactamente igual que cuando eras chiquita. Ya tienes edad para ser madre y sigues colgándote de mí como un monito. Sigo sin entender por qué se tardan tanto en tener un bebé. Ya llevan dos años casados, deberían ir pensando en encargar...

Mientras Zulema seguía con su cantaleta, Selena la escuchaba perfectamente. Pero se acurrucó contra el hombro de la anciana y murmuró: —¿Qué dijiste, abuelita? Me quité el audífono, no te escucho nada.

Zulema se quedó sin palabras.

En la oscuridad de la habitación, los ojos de la anciana se llenaron de lágrimas y se le escapó un sollozo.

—Si tan solo no te hubiera dejado ir tras tu padre aquel día persiguiendo a esos malditos secuestradores... no habrías tenido que ver cómo lo mataban. Mi niña preciosa, tan lista, tan alegre... y te quedaste sorda para siempre. ¡Ay, Dios mío!

Selena tragó el nudo que se le formó en la garganta.

Años atrás, antes de morir, la madre de Vidal se lo había encomendado al cuidado de Julián Serrano. Pero Vidal estaba obsesionado con encontrar a su verdadero padre, lo que lo llevó a caer en las garras de unos traficantes de personas. Julián, desesperado por salvarlo, se subió a su motocicleta y fue tras ellos. Selena agarró su bicicleta y pedaleó con todas sus fuerzas, persiguiendo a su padre.

Por eso presenció cómo la camioneta de los traficantes pasaba por encima de su padre una y otra vez, hasta dejarlo irreconocible.

Selena cayó de la bicicleta y se arrastró por el suelo hacia él, gritando con una desesperación inhumana.

Gritó hasta que su garganta sangró, hasta que sintió que los pulmones le iban a estallar. Y entonces, de repente, el mundo entero se quedó en un silencio sepulcral. Todo el sonido desapareció el mismo día que su padre se fue.

A partir de ese instante, Selena perdió la audición. Y Vidal jamás volvió a hablar de buscar a su padre.

Desde aquel día, Zulema se echó al hombro la titánica tarea de criar sola a los tres niños: Selena, Adrián y Vidal.

Selena respiró hondo y le dio unas palmaditas suaves en el estómago a la anciana.

—Ya, abuela, a dormir.

Zulema soltó una risita melancólica y le apretó la mano a su nieta.

——

A la mañana siguiente.

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