Abrió la aplicación de transporte. Después de pedir el viaje, el círculo de búsqueda estuvo girando durante más de dos minutos sin respuesta, y el pedido se canceló automáticamente.
Aitana dio pisotones por la frustración. —Con lo grande que es este hotel, ¿cómo no va a haber autos cerca? Intentaré de nuevo...
Selena le palmeó el hombro. —Caminemos un poco más adelante, tal vez podamos hacerle señas a un taxi.
Aunque el hotel era grande, estaba en una zona nueva y no tenía la vida nocturna del centro de la ciudad. Para Aitana no era problema caminar, tenía buena salud. Pero al ver el rostro pálido de Selena, se preocupó. —¿Estás bien, Selena?
Selena sonrió y negó con la cabeza. —Estoy bien.
Caminaron por el borde de la calle. Cuanto más caminaban, más largo parecía el camino y peor se sentía el estómago de Selena. Sabía que si colapsaba, Aitana entraría en pánico estando sola, así que solo pudo apretar los dientes y soportarlo.
De pronto, las luces de un auto que se acercaba iluminaron su camino. Aitana se dio la vuelta emocionada. Antes de que Selena pudiera apartarse, el auto se detuvo junto a ellas. La ventanilla bajó.
Saúl les sonrió amablemente. —Señorita Serrano, nos volvemos a ver. ¿Qué hacen por aquí?
Selena explicó con voz débil: —La camioneta de la agencia de bodas se fue sin nosotras y aún no logramos conseguir un taxi.
Saúl estaba a punto de mirar a Emilio para preguntarle qué hacer, cuando una voz profunda y ronca provino del asiento trasero: —Suban.
Aitana no dejaba de agradecerles. Solo quedaban libres el asiento del copiloto y un lugar atrás, por lo que Selena no tuvo más remedio que abrir la puerta trasera.
Volvió a sentarse junto a Emilio. Era una sensación extraña. Desde que llevó a Leo a verlo, parecía que se encontraban a diario. Incluso lo veía más que a Vidal.
El auto avanzaba con suavidad. Las luces de la calle entraban intermitentemente por la ventana, acariciando el rostro de Selena con sombras suaves.
La mirada de Emilio recorrió inconscientemente su rostro. En sus delicadas facciones, el ceño estaba fruncido. Con una mano se sostenía el abdomen, encogiendo el cuerpo hasta hacerse una bolita, incapaz de controlarlo.
—Saúl.
—Dígame, señor.
—Estoy un poco cansado. Busca un hotel para pasar la noche.
Saúl guardó silencio un instante. —... Entendido.

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