Selena jamás imaginó que las personas que bajarían apresuradamente del auto serían Emilio y Saúl.
¿Emi?
¿Emilio?
Una sensación de absurda ironía la invadió. —Señor Cárdenas, ¿esta señora es su familiar?
Emilio miró con resignación a la anciana, que seguía sentada en el suelo sin decir una palabra. Se frotó las sienes, sintiendo que le dolía la cabeza.
Tras un largo suspiro, asintió.
Le respondió a Selena: —Es mi abuela. Tiene Alzheimer.
Selena comprendió todo de golpe.
Emilio se inclinó para ayudar a la anciana a levantarse. —Abuela, vamos a casa.
Fabiana se le quedó mirando con ojos vacíos y luego negó con la cabeza rotundamente. —Tengo que encontrar a Emilio.
Emilio volvió a frotarse la frente, intentando armarse de paciencia. —Soy yo.
Pero la anciana negó con más fuerza.
En ese momento, no parecía tener Alzheimer en absoluto. —Tú no eres. Mi Emilio se perdió.
Emilio le lanzó una mirada a Saúl.
Saúl se acercó de inmediato y, con mucha labia y delicadeza, logró meter a la anciana en el auto.
Apenas se sentó, Fabiana bajó la ventanilla y llamó a Selena. —¡Niña, sube! Te llevamos a tu casa.
Selena rio y agitó la mano para despedirse. —Gracias, abuela, pero tengo mi auto. Cuando llegue a casa, hágale caso al señor Cárdenas, ¿sí? No vuelva a salir sola, o se va a perder de verdad y no la encontrarán.
Fabiana hizo un puchero.
Apoyó las manos en el borde de la ventanilla, descansó la barbilla sobre ellas y miró a Selena con ojitos suplicantes. —Tengo un nieto... ¡Cásate con él y conviértete en mi nieta por matrimonio!
Selena no supo si reír o llorar.
Bajo la luz de la luna, la imponente figura de Emilio se destacaba. Parecía haber salido con tanta prisa que ni siquiera llevaba abrigo. —Muchas gracias.
Selena negó con la cabeza. —No es nada. Cualquiera habría ayudado. Fue un placer.
La mirada de Emilio se posó en el rostro de Selena.
Aunque había intentado ocultarlo con maquillaje.
No era un trabajo perfecto.
Su mejilla todavía estaba algo hinchada por el golpe.

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