Selena colgó la llamada de golpe y se guardó el celular en el bolsillo.
Se sentó lentamente en la acera.
El cielo se oscurecía cada vez más.
La gente del edificio de oficinas se había ido, dejando solo la luz de la entrada brillando en completa soledad.
Igual que ella.
Pensó.
Si antes de nacer alguien le hubiera advertido que, en apenas media vida, cargaría con tantas deudas emocionales y decepciones, jamás habría querido venir al mundo como ser humano.
Habría preferido ser una gata callejera, una brizna de hierba, o incluso una simple piedra.
Selena se encorvó y hundió el rostro entre las rodillas.
Las lágrimas empaparon sus mejillas.
No supo cuánto tiempo pasó hasta que sintió que alguien se acercaba.
Levantó la vista de golpe, en alerta. Para su sorpresa, era una anciana de rostro amable y expresión dulce, aunque con una mirada inusualmente... perdida.
La señora le sonreía.
Al verla, Selena recordó a su propia abuela y le devolvió una sonrisa cansada. —Señora, es muy tarde. ¿Qué hace aquí sola?
La anciana no respondió.
Solo seguía sonriendo.
De pronto, metió la mano en el bolsillo, sacó un pañuelo y se lo tendió. —No llores. Tómalo, sécate.
Selena se quedó sin palabras.
Junto con el pañuelo, una pequeña placa de metal cayó del bolsillo de la anciana, aterrizando con un leve tintineo en el suelo.
Selena la recogió con curiosidad.
En el frente estaba grabado el nombre de la señora: Fabiana Quintana. En el reverso, tres números de teléfono.
Selena lo entendió de inmediato.
La señora debía sufrir de Alzheimer o alguna demencia senil. Sus familiares le habían hecho esa placa por si se perdía. Así, si se cruzaba con una buena persona o con la policía, podrían llamar a casa.
Sacó su celular. —No se preocupe, abuela. Llamaré a su familia. Alguien vendrá por usted enseguida.

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