No hubo ninguna reacción.
Incluso en sueños, su entrecejo seguía fruncido, reflejando su agonía.
La mirada de Emilio se oscureció.
Soltó un suave suspiro.
Se puso de pie, se inclinó, extendió sus largos brazos y la levantó en vilo con firmeza.
No era la primera vez que sostenía a Selena en sus brazos.
La última vez había sido en aquel club nocturno.
Cuando la llevó al hospital tras haber sido drogada.
¿Cuánto tiempo había pasado desde entonces?
Esta vez, el peso de su cuerpo parecía haber disminuido drásticamente.
Selena se movió apenas un poco y su cabeza encontró un lugar cómodo en el pecho de Emilio; seguía sollozando esporádicamente entre sueños.
Emilio salió del bar con ella en brazos.
Al llegar a la puerta del apartamento de Selena.
Emilio acomodó el peso de la joven en un solo brazo y estaba a punto de tocar a la puerta con el otro.
Pero cuando la punta de sus dedos rozó la madera...
Se detuvo de golpe.
Era muy tarde.
Un hombre y una mujer solos.
Y encima, Selena estaba complemente borracha.
Si la abuela Zulema lo veía, sin duda empezaría a hacer demasiadas preguntas.
Él nunca había sido de los que dan demasiadas explicaciones a los demás.
Y tampoco estaba seguro de poder justificarlo claramente.
Pensando en eso.
Retiró la mano, apretó su abrazo contra la ligera figura en su pecho y dio media vuelta, caminando directo hacia el ascensor.
Subió al piso superior.
Colocó su huella digital y la puerta se abrió automáticamente.
Apenas Emilio cruzó el umbral hacia la cálida luz amarilla de la sala, una pequeña figura se acercó a paso rápido.
Era Fabiana.
Tenía una tableta en las manos.
Al ver a Emilio, se apresuró a esconderla detrás de su espalda.
—¡Emilio, llegas tardísimo! ¿Eh? ¡Por fin te la robaste y me la trajiste!
Emilio le lanzó una mirada fulminante.
Fabiana se cubrió la boca con las manos de inmediato.
Él caminó directamente hacia la habitación de invitados.
Acostó a Selena en la suave cama, jaló las sábanas y la cubrió sin mucho cuidado.
Fiel a sus principios de no aprovecharse de la situación, bajó la mirada y salió del cuarto.
Al hacerlo, arrastró consigo a Fabiana, quien apenas se había asomado por la puerta.
—¡Oye, no me jales!
—¿Por qué sigues despierta a esta hora?
—...
Fabiana, sintiéndose atrapada, miró de reojo a Emilio y susurró:

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