Toda la casa estaba en completo silencio.
Zulema llamó un par de veces a la señora Sánchez, pero no hubo respuesta; seguramente había salido a comprar al mercado.
Zulema empezó a murmurar: —Ay, esta mujer, se va al mandado y ni siquiera cierra con llave. ¿Y si se mete un ladrón, qué?
Mientras rezongaba, comenzó a subir las escaleras.
Como recién se recuperaba de su operación, se apoyaba pesadamente en el pasamanos y caminaba muy despacio.
El médico le había advertido que no hiciera esfuerzos bruscos al subir escalones.
Así que le tomó bastante tiempo llegar a la planta alta.
Justo al alcanzar el último peldaño, Zulema se detuvo en seco.
Se escuchaban ruidos en el segundo piso.
Parecían provenir de la recámara principal.
Agudizando el oído, Zulema se acercó a paso lento hacia la habitación.
Aunque la puerta estaba bien cerrada, pudo escuchar claramente la voz de una mujer; un sonido agudo, mezclado con jadeos.
Zulema ya tenía bastantes años encima, ¿qué no había visto en esta vida?
Su rostro palideció en un instante.
Pero aún le quedaba la esperanza de que el hombre allá adentro no fuera Vidal...
Aferrándose a ese último hilo de duda, empujó la puerta de golpe.
Afuera hacían menos diez grados, pero la habitación estaba a veintiocho grados, sumamente calurosa.
Tanto que las ligeras sábanas de seda no lograban ocultar en absoluto el frenesí de la pareja.
Zulema pudo ver a la perfección la postura en la que se encontraban.
Mireya estaba apoyada en la cabecera, con las piernas levantadas, y justo encima de su cabeza colgaba la foto de bodas de Vidal y Selena.
Zulema sintió que el cuerpo se le sacudía violentamente.
Sin saber de dónde sacó las fuerzas, agarró un florero que estaba en una mesa cercana y lo lanzó con todas sus fuerzas hacia la cama.
El florero no alcanzó a golpear el colchón.
Se estrelló contra el suelo.
Y se hizo pedazos con un estruendo.
El ruido sacó a los amantes de su trance.

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