Un hombre tan malagradecido y sinvergüenza no merecía a su nieta.
Cada oveja con su pareja. ¡Una basura como Vidal merecía estar con una cualquiera como Mireya!
Vidal bajó la mirada, manteniendo la cabeza agachada. —Abuela, ¿está segura de que quiere que Selena se divorcie de mí? Si lo hace, desconectaré inmediatamente el equipo médico de un millón de dólares que mantiene vivo a Adrián. No durará ni un minuto.
—Abuela, haga de cuenta que no vio nada hoy. Le aseguro que Selena siempre será la señora Paredes; eso jamás cambiará. Yo me haré cargo de los gastos de Adrián y de usted por el resto de sus vidas.
—Abuela, usted siempre ha sido una mujer inteligente, sabe evaluar lo que le conviene. Solo cometí un error, el mismo error que cualquier hombre en este mundo cometería. Por un asunto tan pequeño, ¿está dispuesta a condenar a muerte a Adrián, a pasar el resto de sus días en la miseria y a obligar a Selena a matarse trabajando para sobrevivir? ¿De verdad le conviene?
Estaba arrodillado frente a ella.
Tenía la cabeza inclinada.
Los hombros caídos, adoptando la perfecta postura de alguien que reconoce su culpa.
Pero cada palabra que salía de su boca, cada maldita frase, era un dardo venenoso directo al alma.
¿Cómo podía alguien ser tan cruel y despiadado?
El cuerpo de Zulema se tambaleó.
Tuvo que apoyarse en el marco de la puerta.
El aire parecía haberse congelado.
Zulema apretó los puños, levantó la mirada lentamente, y sus ojos ardían con una determinación implacable. —¡Escúchame muy bien, Vidal!
—¡Incluso si tengo que desconectar yo misma los aparatos médicos de Adrián, prefiero salir a la calle a pedir limosna antes que sacrificar a mi nieta! Jamás permitiré que siga atada a un monstruo como tú, pudriéndose en vida al ver tu cara todos los días.
Zulema retrocedió un par de pasos, casi perdiendo el equilibrio. —¡Lo único que me duele en el alma es haber criado a una víbora tan venenosa!
—De haber sabido que te convertirías en esto, habría dejado que te murieras de neumonía. Tarde o temprano lo pagarás, Vidal... lo pagarás.
Tras decir esto, Zulema se dio la vuelta con firmeza, enderezó la espalda y comenzó a caminar hacia la salida con pasos pesados.

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