Selena se quedó pasmada durante un par de segundos.
Pero aceptó de inmediato.
No dejaba de darle las gracias atropelladamente.
Una sonrisa casi imperceptible se dibujó en los labios de Emilio, quien respondió con un tono sereno: —Bajo en cinco minutos.
Cinco minutos después, el sedán Véstago negro se detuvo frente a ella.
La ventana bajó lentamente.
El rostro de Emilio quedó iluminado por la luz amarillenta de la farola. Llevaba una camisa gris oscuro con las mangas arremangadas hasta los codos; sus muñecas estaban limpias, sin reloj ni accesorios.
—Sube.
Selena le dio las gracias una vez más.
Abrió la puerta y se sentó en el asiento del copiloto.
—Dirección exacta.
—Pirotecnia Prosperidad. Está a las afueras de la ciudad, nos tomará casi una hora llegar.
—Entendido.
Emilio fue breve. Tras confirmar, metió primera con la mano derecha.
Fue hasta ese momento que Selena se dio cuenta de que el lujoso sedán era de transmisión manual. —¿A poco todavía venden coches estándar?
Emilio asintió, manteniendo la vista fija en el camino. —Mhm. Lo mandé a pedir directo a la fábrica con esas especificaciones.
Selena soltó un suave oh.
El interior del vehículo se sumió en un profundo silencio y ella no sabía qué decir.
De reojo, le echó un vistazo a Emilio.
Estaba totalmente concentrado en el camino. Su perfil era muy atractivo y la línea de su mandíbula parecía tallada a cincel.
—¿Qué miras?
Le preguntó de repente, sin siquiera voltear.
Al ser sorprendida in fraganti, Selena sintió que le ardían las mejillas. —Na... nada. Solo pensaba que... gracias por traerme.
—No es nada.
—Siento mucho lo de tu coche el otro día. Yo me hago responsable de todos los gastos.
—No te preocupes. Tiene seguro de cobertura amplia.
—...Ah.
Selena se frotó los brazos por inercia.
Emilio no dijo nada, simplemente le subió un grado a la calefacción y continuó manejando en silencio.
A mitad de camino.
El celular de Selena volvió a sonar.
Era una llamada de Vidal.
Selena lo dudó un instante, pero decidió contestar con voz gélida. —¿Qué quieres?
Del otro lado de la línea, la voz familiar que alguna vez le pareció el sonido más dulce del mundo, y que ahora solo le causaba repulsión, sonó con falsa suavidad: —Me enteré de que el señor Reyes ya no quiere trabajar contigo.
Selena soltó una risa amarga.
Sabía perfectamente que Vidal tenía las manos metidas en esto.

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