Fue por eso que ignoró todas las objeciones y decidió firmar el contrato con Darío.
Durante los últimos dos años, ella lo ayudó a modernizar las máquinas de Prosperidad, optimizar los procesos de producción e incluso le presentó clientes. Durante las fiestas de Navidad, Darío iba personalmente a dejarle regalos y no paraba de repetirle que ella había salvado a su familia de la ruina.
Y al final...
Al final, su recompensa era que Darío le cerrara las puertas en la cara y le prohibiera la entrada a su fábrica.
Ella lo ayudó cuando él más lo necesitaba.
Y Darío la apuñaló por la espalda cuando ella más lo necesitaba.
Así es la naturaleza humana.
Selena asintió lentamente para sí misma. —Está bien... Muy bien.
Regresó al coche.
Ni siquiera había logrado cruzar la puerta de entrada, lo cual fue evidente para Emilio. —¿Y ahora a dónde?
Selena se frotó la cara con ambas manos por el cansancio.
Se dio la vuelta y echó un vistazo a los alrededores.
Señaló la única bodega que tenía las luces encendidas además de Prosperidad. —Vamos a intentar ahí. ¡Con suerte y pega el chicle!
Ya habían cobrado el anticipo para la fiesta infantil.
Si cancelaban el contrato, tendrían que pagar una penalización del doble del anticipo.
No es que no pudiera pagarlo.
Es que no quería arruinar la reputación de su estudio ni decepcionar a sus clientes.
Tenía que intentarlo una vez más.
¿Qué perdía?
Emilio asintió y estacionó el auto frente a la entrada de la bodega iluminada.
Selena se bajó a toda prisa.
Encontró al dueño de la fábrica trabajando horas extras junto a sus empleados. —Disculpe, buenas noches.
El hombre que se giró llevaba un uniforme azul marino cubierto de hollín, pero dejó ver un rostro joven y bastante apuesto. —¿Me buscas a mí?
Selena preguntó vacilante: —¿Usted es el dueño de la fábrica de pirotecnia?
El joven asintió.
Selena le explicó el motivo de su visita rápidamente.
Él la observó de arriba a abajo. —¿Estás segura? ¿No has escuchado la fama de nuestra fábrica?
Selena negó con la cabeza.
La verdad era que ni siquiera se había fijado en el nombre pintado en el letrero de la entrada.
El muchacho soltó una carcajada. —¿En serio no has oído hablar de Pirotecnia Fénix?
Selena se quedó helada.
Pirotecnia Fénix...

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