¡Bang, paf, crack!
Una lluvia de chispas y fuego estalló en la mesa.
Duró unos diez largos segundos.
Cuando por fin se apagó, la cara de Selena estaba completamente negra por el hollín. Tosió con fuerza, expulsando humo negro por la boca.
Benicio, con el pelo erizado por la explosión como un nido de pájaros, no paraba de disculparse. —¡Ay, jefa, perdóneme! Con lo que acaba de pasar, ya me quedó clarísimo que usted sí es la buena en esto. ¿Me puede echar la mano? ¿Qué hago ahora? ¡Rápido, tráiganle un agua a la señorita!
Un operario salió corriendo a un rincón, agarró una botella de agua y se la entregó a Selena.
Selena se enjuagó la boca antes de hablar: —Las impurezas que tienes aquí son muy duras. Al batirlas a alta velocidad en esa mezcladora defectuosa, los impactos generan fricción extrema. La presión se acumula en puntos específicos, la temperatura sube de golpe y... ¡pum! Cien por ciento garantizado que explota.
Mientras hablaba, Selena le echó un vistazo a toda la bodega.
Se notaba que Benicio tampoco sabía nada sobre el control de polvo; las ranuras del piso de cemento estaban atascadas de polvo blanco, y los bordes de los moldes de prensado estaban todos desportillados.
Selena sintió ganas de llorar de desesperación.
La Pirotecnia Fénix de Benicio ni siquiera cumplía con las normas mínimas de seguridad industrial.
Soltó un largo suspiro. —¿De verdad quieres seguir en este negocio?
Benicio asintió enérgicamente.
Selena lo miró fijamente. —¿Vas a hacer todo lo que yo te diga?
Benicio asintió aún más fuerte.
Con un tono firme y calmado, Selena dictó sus instrucciones: —Para empezar, cancela el uso de todo este material. Llama a tus proveedores, pídeles explicaciones sobre el origen de esa basura y exige el historial de mantenimiento de la maquinaria. Quiero todos los moldes lijados y pulidos sin excepción, y mañana a primera hora tienen que limpiar esta bodega de arriba a abajo.
Benicio, visiblemente intimidado, no dejó de asentir. —Sí, sí, claro que sí.
Selena le dio unas palmadas en el hombro. —Mañana temprano te paso la fórmula de los fuegos artificiales que necesito. Tú mismo vas a ir a comprar un lote pequeño de material de primera calidad para sacar adelante mi pedido. El costo de la materia prima y la mano de obra serán como mil pesos. Cuando termines el trabajo, te pago seis mil.
Tras decir esto, Selena sacó una libreta de notas de su bolsa y anotó sus datos de contacto.
Benicio se quedó parado a su lado y le preguntó con cierta timidez: —Oiga, jefa... ¿puedo saber por qué andaba buscando una fábrica nueva a estas horas de la madrugada?
La mano de Selena se detuvo un segundo. —Mi marido me engañó, estamos separados. Él quiere que regrese con él, yo no quiero, y para obligarme a ceder, le cortó los contratos a la fábrica con la que siempre trabajo.
Benicio soltó una maldición. —¡A la madre! ¡Qué maldito poco hombre! ¿Quiere que vaya a romperle la cara?
Selena no supo qué contestar a eso.

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