En cuanto Estela salió por la puerta...
Vio a Benita bajándose de un auto.
El guardia de seguridad que le abrió la puerta la saludó con total reverencia:
—Señorita Benita, bienvenida.
¿Bienvenida?
Qué manera tan curiosa de saludar. Esa casa era el hogar matrimonial de Estela y Adrián, ¡y sin embargo, todos trataban a Benita como a la verdadera dueña!
Benita asintió con delicadeza, posando como si fuera la señora de la casa.
El guardia estaba a punto de avisarle que Estela estaba ahí, cuando Benita la vio parada en la entrada de la villa.
Se quedó congelada por un segundo.
Pero al recordar lo patética e inútil que era la esposa de Adrián, una sonrisa de arrogancia apareció en su rostro.
Dio unos pasos hacia ella y habló con un tono dulce que escondía su provocación:
—¿La señora de Serrato vino a buscar a Adrián? Anoche le dije que volviera a la mansión principal a dormir, pero es tan terco que no quiso escucharme.
Aunque esa casa era propiedad de Estela y Adrián, ella iba seguido a quedarse a dormir.
Estela, en cambio, nunca ponía un pie ahí.
Para mantener su posición en la familia, desde que se casó con Adrián vivía encerrada en la mansión principal.
¡Atendiendo a los suegros y buscando agradarles todos los días!
Al verla vestida con esa ropa tan sosa, parecía más un ama de casa descuidada que una dama de alta sociedad.
Con razón ni Adrián ni su madre la soportaban.
Si la familia Serrato no hubiera enfrentado aquella crisis financiera hace tres años, ella misma sería la legítima esposa.
Pensar en eso llenaba de rencor a Benita.
Su provocación era una clara muestra para marcar territorio.
La mirada de Estela se volvió gélida. Dejó que Benita se acercara y, sin previo aviso...
¡Plaf!
Le soltó una bofetada en toda la cara.
El golpe fue tan fuerte e inesperado que la cabeza de Benita retumbó.
Se llevó la mano a la mejilla ardiente, mirando a Estela con incredulidad.
—¿Tú... te atreves a pegarme?
¿Estaba loca?
En respuesta, Estela levantó la otra mano y —¡Plaf!— la abofeteó en el otro lado.
¡Benita quedó aturdida!
—Para golpear a alguien como tú no necesito atrevimiento —dijo Estela—. ¿O acaso esperas que respete a una amante de cuarta que ni siquiera puede dar la cara?
La expresión de Benita se congeló.


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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Tres años a tus pies, hoy te los rompo