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Tres años a tus pies, hoy te los rompo romance Capítulo 8

Al entrar a la mansión...

Doña Carmen y doña Leticia aún no habían llegado. Inés estaba organizando a los sirvientes a toda prisa.

—Maldita sea Estela. Le dije muy claro que estarían aquí a las tres. ¡Todavía no llega! Si mis amigas ven lo desobediente que es, seré el hazmerreír.

—Me tiene harta. ¡Apenas ponga un pie aquí, me va a escuchar!

Inés siempre cuidaba mucho su imagen frente a sus amigas de la alta sociedad.

Había dejado todo preparado antes de que Estela saliera. Pensó que, al despertar de su siesta, ya tendría todo organizado.

Y ni siquiera había rastros de ella.

¡No debió haberle dado permiso para salir!

Inés estaba furiosa, a punto de explotar contra cualquiera. Al voltear, vio a Estela entrando... arrastrando a Adrián.

El siempre guapo y elegante Adrián Serrato, en manos de Estela, parecía un perro atropellado...

La expresión de Inés se congeló.

—¿Tú...?

El impacto de la escena la dejó sin palabras.

Antes de que pudiera terminar la frase, Estela arrojó a Adrián a sus pies.

Adrián, malherido y desorientado.

¡Cayó con un golpe sordo a los pies de Inés!

Un silencio sepulcral, aterrador, inundó la sala.

Inés bajó la vista hacia su destrozado hijo.

Luego miró a Estela. Su expresión pasó de la sorpresa a la pura y retorcida indignación.

Finalmente, empezó a temblar de rabia.

—¡Es-te-la Vi-lla-grán! ¿Qué demonios crees que estás haciendo?

Pronunció su nombre entre dientes, seguido de un grito desesperado.

Inés tenía dos hijos.

El mayor, Leonardo, se las arreglaba solo. Pero el menor, Adrián, era su consentido.

Nadie jamás lo había tratado así, y ahora Estela...

—¿Cómo te atreves? —chilló Inés, al borde del colapso.

Estela tenía una sonrisa gélida en los labios.

Caminó hacia Inés, enfrentando su mirada llena de odio...

Y sin inmutarse, ¡le puso un pie encima de la espalda a Adrián, que intentaba levantarse!

Adrián fue aplastado contra el suelo.

—¡Ugh!

Con un gemido ahogado, sintió que la columna se le partía en dos.

A Inés se le detuvo el corazón. Miró a Estela con el rostro desfigurado por el pánico y el odio.

Estela alzó una ceja, mirándola desde su posición superior.

—¿Qué decías por teléfono? ¿Que volviera para qué?

Inés estaba muda.

—Ah, sí, ya me acordé. Querías que volviera para cocinarle postrecitos a tus amigas, ¿verdad?

Usó un tono fingidamente amable, pero que escondía una amenaza monstruosa.

Inés estaba atónita.

En un abrir y cerrar de ojos, la cara de Estela se volvió de piedra.

Capítulo 8 1

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