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Tu desprecio fue mi suerte: En los brazos del hombre que te arruinó romance Capítulo 234

Luciano comprendió de inmediato. Quien había usado la cuenta de Gaspar para publicar la disculpa y aclarar todo había sido Hanna.

Ella conocía las cuentas del sujeto, había logrado hackearlas, descargó todo su historial y luego clonó su voz mediante inteligencia artificial para generar los videos de disculpa y confesión.

—Así que fue ella... —murmuró Luciano, sacando sus propias conclusiones.

Mauro captó el tono de asombro y arrepentimiento en sus palabras y se atrevió a preguntar:

—¿Acaso el señor Larios está pensando en ir a buscar a la señorita Mendoza?

Luciano asintió con seguridad.

—Hanna y yo no estamos divorciados oficialmente. Y mucho menos me voy a casar con Rocío. Todavía puedo recuperarla.

Mauro no pudo morderse la lengua.

—La lastimó demasiado, señor. Me temo que será muy difícil que ella vuelva a su lado.

—Fue sin querer. Yo no sabía que le estaba haciendo tanto daño —se justificó Luciano.

¿No lo sabía? Mauro no se lo tragaba.

—Claro que lo sabía. Lo que pasa es que usted nunca creyó que ella se atrevería a dejarlo. Pensó que, sin importar cuánto la pisoteara, ella jamás se iría de su lado.

Luciano escuchó esto y no lo refutó.

Mauro también solía pensar lo mismo. Pero la realidad les demostró que esa actitud era solo arrogancia pura. La ciega soberbia de los hombres hacia mujeres como Hanna, que los amaban desde una posición de inferioridad.

Eran tan arrogantes que incluso ahora, después de la ruptura, Luciano seguía convencido de que esto era solo un juego de seducción, una rabieta para llamar su atención. Creía que con chasquear los dedos, ella volvería corriendo a sus brazos.

Esa prepotencia estaba incrustada en él.

En otro lado de la ciudad.

Después de dejar todo resuelto, Hanna se desplomó en el sofá, agotada.

Estaba a punto de quedarse dormida cuando el rugido del motor de un auto deportivo la hizo abrir los ojos.

Se sentó de inmediato. Sabía que era Damián Quintana.

No lo había visto desde su última discusión, cuando terminaron en malos términos. No sabía si era porque estaba muy ocupado o si la estaba evitando a propósito.

Mientras Hanna le daba vueltas al asunto, los pasos firmes del hombre resonaron en la entrada hasta detenerse junto a ella.

De pronto, unos brazos fuertes la levantaron en el aire.

Hanna cayó directo contra un pecho ancho y cálido, envuelta en esa fragancia varonil y única que solo le pertenecía a él.

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