Wendy desvió la mirada, con la calidez de los labios de él todavía en sus dedos, y un miedo repentino de que sus palabras se hicieran realidad.
—Escupe, rápido, para que no se cumpla.
—Jijí, lo dije porque temía que no me creyeras. Si todavía dudas, puedo hacer un juramento aún más terrible.
Al oírlo, Wendy volvió a taparle la boca.
—…Bueno, bueno, ya te creo.
Si de verdad había ido a Estados Unidos por una emergencia de trabajo, por supuesto que lo entendería. Mientras no fuera para ver a su verdadero amor o a otra mujer, todo lo demás tenía solución.
Las cejas afiladas y atractivas de César se arquearon en una sonrisa traviesa.
—¿Ya no estás enojada?
—Mmm, no creas que te voy a perdonar tan fácil.
—Está bien, está bien. Entonces seguiré pidiendo perdón hasta que mi señora esposa lo decida.
—¡Qué pesado, ya cállate!
Al ver a su hija y a su yerno coquetear, Salomé no pudo evitar sonreír, aliviada. Por fin entendía por qué su hija había estado tan triste esos días. No era porque él la hubiera abandonado en la boda, sino porque sospechaba que se había ido con otra mujer. En resumen, eran celos.
—Ustedes dos, de verdad, no tienen remedio.
César adoptó un tono solemne.
—Lo siento, mamá, por haberlos preocupado a usted y a papá. Hoy mismo reservaré una mesa en el hotel para disculparme formalmente con ustedes.
—No es necesario. Mientras tú y Wendy se reconcilien y vivan en paz, tu padre y yo estaremos tranquilos. —Salomé se dirigió a su hija—. Y tú, Wendy, tienes que madurar. Ya vas a ser madre. No puedes dejarte llevar por los impulsos a cada rato, tienes que aprender a ser considerada con tu esposo.
Wendy se sonrojó.
—…Ya sé, mamá.
Salomé se volvió de nuevo hacia César.
—César, Wendy todavía es joven e inmadura. Tienes que ser paciente con ella y consentirla. Si hace algo mal, dímelo a mí y yo hablaré con ella, pero por nada del mundo la lastimes.



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