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Tu Tío en mi Cama: El Inicio de mi Venganza romance Capítulo 155

César guardó silencio por un momento.

—Mi hermano no anda bien de salud —dijo con calma—, tuvo que irse a un hospital en el extranjero para un tratamiento. Y mi cuñada fue con él para cuidarlo.

—Ah… ¿y es grave lo que tiene? —preguntó Wendy, preocupada.

—Es un problema crónico, nada serio.

—¿Y qué problema es?

—Jijí, cuántas preguntas haces.

—Bueno, ahora soy parte de la familia Santillán, tengo derecho a saber.

César lo pensó un instante y decidió ser sincero.

—Mi cuñada siempre ha querido darle un hijo a mi hermano, pero no ha podido quedar embarazada. Están en el extranjero intentando con un tratamiento de fertilidad. Pero no han tenido suerte, ya lo han intentado varias veces sin éxito.

Wendy se quedó atónita.

—¡Pero si Adriana ya tiene más de cuarenta! A su edad, es un embarazo de alto riesgo, podría ser peligroso.

Dante ya tenía veintitrés años, y Adriana cuarenta y tres. A esa edad, tener un hijo era una tarea muy difícil.

—Bueno, ella está empeñada en darle un hijo a mi hermano, así que dejémosla que lo intente. Si de verdad logra darle un heredero, sería algo bueno.

Wendy frunció el ceño al escucharlo y no dijo más. Era cierto. Para consolidar su posición en una familia acaudalada, tener un hijo era fundamental. De lo contrario, en el futuro, no les tocaría nada de la herencia. Por eso Adriana, a sus más de cuarenta años, seguía luchando por un segundo embarazo.

El carro entró lentamente en Villa San Marcelo. Las pesadas puertas de hierro forjado se cerraron en silencio a sus espaldas. En el jardín, el mayordomo, seguido de una fila de empleados, los recibió con una reverencia.

—Bienvenidos a casa, señor y señora.

Wendy bajó del carro y se quedó con los ojos como platos ante lo que veía. Hacía solo medio mes que no venía a Villa San Marcelo, y el lugar había cambiado por completo.

—Dicen que no hay mal que una bolsa nueva no cure, ¿no?

—Pero… ¡son demasiadas! —exclamó Wendy, eufórica. Corrió a verlas, probándose cada una con una alegría desbordante. Era una fanática coleccionista de Hermès, pero había varias ediciones limitadas que ni ella había podido conseguir. Y, desde luego, nunca se había atrevido a comprar más de una o dos a la vez.

—¿Te gusta? —César la abrazó por la espalda y apoyó la barbilla en su cabeza—. Sé que has pasado un mal rato últimamente. Todo esto es para pedirte perdón.

Wendy se giró para mirarlo, sintiendo cómo le ardían las mejillas.

—¿Por qué tanto alboroto?

César le pellizcó suavemente la mejilla y abrió la caja de regalo que estaba a un lado.

—Eres mi esposa, ¿cómo no voy a consentirte? ¡Mira esto!

Abrió un estuche de joyería. Wendy sintió un vuelco en el corazón al asomarse.

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