Wendy bebía la sopa de nido de golondrina a cucharadas.
—Mamá, ayúdame a contactar un hospital en Suiza. Quiero ir allá a tener al bebé.
La mano de Salomé, que sostenía la de su hija, se detuvo.
—¿Estás segura?
—Sí —asintió Wendy, con la mirada serena—. El ambiente allá es bueno para recuperarse. Ya le di instrucciones al vicepresidente de la empresa, puedo trabajar a distancia sin problemas.
Salomé observó la forzada fortaleza de su hija, y sintió como si le clavaran agujas en el corazón.
—No te precipites. Primero, veamos qué dice César. Si mantiene esa actitud, entonces olvidémonos de la boda. Hay que dejarle las cosas claras y devolverle todo lo que dio de dote.
—Mamá, no quiero quedarme con nada de la familia Santillán. Ya lo decidí, no hay vuelta atrás con él.
Salomé frunció el ceño.
—Me preocupa que en unos días te arrepientas. Piénsalo bien estos días. Cuando estés completamente segura, entonces toma una decisión.
—De acuerdo —respondió Wendy con indiferencia.
Pero en su interior, ya había tomado una decisión firme: no volvería con César. El interés de él por ella era solo una novedad pasajera, no amor verdadero. En cambio, ella se había dejado llevar sin pensar seriamente en la relación. Ahora que la venda le había caído de los ojos, la razón había vuelto.
…
A las diez de la noche, en Villa del Marqués, César regresó a su antigua residencia, cabizbajo. El mayordomo y los empleados se sorprendieron al verlo.
—Señor Santillán, ¿qué hace aquí? ¿No vino con la señora?
Se suponía que el señor y la señora Santillán, recién casados, serían inseparables. ¿Por qué el señor Santillán había vuelto solo?
—Cállate —espetó César, lanzándole una mirada sombría al mayordomo.
El mayordomo sintió un nudo en el estómago y cerró la boca de inmediato. César, irritado, se quitó el saco y entró directamente al baño. Diez minutos después, salió con una bata, se sirvió un vaso de whisky y se lo bebió de un trago. El licor le quemó la garganta, pero no logró apagar el vacío y la inquietud que sentía. Pensó que una copa le ayudaría a dormir, pero después de media botella, estaba más despierto que nunca.
Estos últimos días los había pasado con Wendy. Cada mañana, al abrir los ojos, la encontraba a su lado, suave y adorable como una muñeca. Ahora, de repente, estar solo le provocaba una sensación de vacío insoportable.
"¿Estará dormida esa niña tonta? ¿Y si… le llamo para ver cómo está?".
César tomó su celular y abrió la conversación de WhatsApp con Wendy. Revisó el historial de chats. Mientras él no estaba en Puerto San Ángel, Wendy le enviaba más de diez mensajes al día. Era evidente que lo amaba. Siendo así, no podía culparlo por someterla a una prueba de obediencia.
Es la táctica de siempre que a los hombres les encanta usar. Primero, la persigues sin descanso, como si no pudieras vivir sin ella. Cuando ya está enganchada, te alejas con frialdad, dejándola decepcionada, asustada, confundida y dudando de sí misma. Entonces, para reconciliarse, ella cede una y otra vez, llegando incluso a rogar por tu perdón. Es una treta común entre los hombres para mantener el control.
—Je, mejor la dejo que se enfríe un par de días. A las mujeres no se les puede malacostumbrar. Me ama tanto que seguro está llorando, esperando a que vaya a buscarla. Pues no iré. A ver si así aprende a no hacerme berrinches por todo…

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