Wendy guardó silencio por un par de segundos, su mirada tan profunda y fría como un pozo.
—Estoy en una reunión. No lo recibiré.
—El señor Santillán dice que esperará a que termine…
—Si quiere esperar, que espere —respondió Wendy con indiferencia, y retomó los puntos de la reunión.
—Entendido.
Una vez que el asistente se retiró, Wendy continuó como si nada.
—Estaré fuera del país por un tiempo, así que probablemente no vendré a la oficina. Les pido a todos que se encarguen de sus responsabilidades. Tendremos reuniones en línea todos los días.
Los accionistas y directivos asintieron.
—De acuerdo, directora Quiroga.
—Quiero que cada uno prepare un informe y lo envíe al grupo de trabajo en un momento.
—Entendido.
—La reunión de hoy ha terminado. Si alguien tiene algo más que añadir, puede incluirlo en su informe.
—Recibido.
La reunión concluyó al mediodía. Wendy salió de la sala y se dirigió directamente a su oficina. Andrés se acercó de nuevo.
—Directora Quiroga, el señor Santillán sigue esperándola.
—¿Todavía no se ha ido?
—Dice que la esperará para almorzar juntos.
Wendy frunció el ceño, cada vez más irritada. No tenía ningunas ganas de verlo, y mucho menos de perdonarlo.
—¿Dónde está ahora?
—En la sala de visitas, esperándola —respondió Andrés con respeto.
Wendy, con la mirada ensombrecida, abrió la puerta de su oficina.
—¿Le aviso al señor Santillán que venga?

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